Ya era media tarde cuando regresé al salón. Desahogarme me había
venido bien, me había tranquilizado. No quería recurrir a los
calmantes y antidepresivos de los que dependía unos pocos meses
atrás, no quería volver a esa rutina asfixiante y demoledora. Esta
era mi nueva vida, nuestra nueva oportunidad, y no iba a rendirme.
Supuse, más bien me convencí de ello, que yo mismo había servido
la copa en algún momento de la conversación con los abogados,
olvidándolo luego. En cuanto a los nueve números escritos en el
polvo, estaba claro. Formaban el número de teléfono de aquél
obrero irritante y caradura.
Recordé la fijeza con la que me había mirado en el bar, y supuse
que dejar su número era un intento de flirteo. Me hizo sonreír, y a
la vez me enfadó. No estaba yo para coqueteos, aunque tenía que
reconocer que el hombre era atractivo, con ese aspecto de fuerza
nervuda, contenida.