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domingo, 22 de diciembre de 2019

Charlando sobre relatos en la Tríada Navideña...


Hola de nuevo, paciente lector.
Aunque no soy muy dado a aparecer en público y menos a hablar ante dicho público, hoy toca hacerlo.

viernes, 15 de noviembre de 2019

UN CASO FRÍO


UN CASO FRÍO

El detective Max Bonachera dejó que su coche aparcase en la plaza asignada y cruzó el aparcamiento, proyectando desde su móvil las imágenes de la escena del crimen mientras llegaba al ascensor.
Las tres víctimas habían sido encontradas en el interior del laboratorio, golpeadas hasta la muerte con una de los prototipos de piernas ortopédicas que fabricaban. El contraste de la sangre contra las blancas paredes y el aséptico equipamiento era brutal, crudo, una ofensa para la vista de Bonachera.
Guardó el móvil y ordenó al ascensor que le llevase al quinto piso, Homicidios, arreglándose la corbata y el canoso cabello frente al espejo interior.

domingo, 10 de noviembre de 2019

DE VIVA VOZ


DE VIVA VOZ


Hoy quiero haceros una recomendación cultural. Hace poco asistí al espectáculo que DE VIVA VOZ ofreció en Valladolid.
Se trata de dos actores especializados en doblaje, locución y esas cosas chulas que hace la gente con voz buena y trabajada, y que nos deleitaron con la lectura de varios relatos.
El primero de ellos, un clásico de Lovecraft, a quien dedican la gira de este año. Cabe destacar que no se limitan sólo a leer, sino que han arreglado los diálogos (seamos serios, Lovecraft es inmenso pero no escribe buenos diálogos) e interpretado el texto, de tal manera que cerrar los ojos y escuchar su lectura nos lleva, sin exagerar, a las oscuras catacumbas de la mente del escritor.

martes, 29 de octubre de 2019

BIENVENIDOS A TENTACLE PULP


BIENVENIDOS A TENTACLE PULP



Allá por 1920, leer no era fácil. Porque no era barato. Al menos así lo veía una sociedad con una estabilidad económica y laboral precaria, y con muy poco tiempo libre.
El libro como objeto, en su edición de calidad, con sus tapas duras, de editoriales prestigiosas y autores de renombre, se convierte en algo poco accesible. Una situación que no nos es desconocida, ¿verdad, paciente lector?

sábado, 19 de octubre de 2019

EXHUMACIÓN





EXHUMACIÓN

Me llamo Jonathan Silencio, y soy un detective preternatural; un investigador de lo oculto, vuestro protector ante brujas y fantasmas, espectros y maldiciones.
Esto significa que mi trabajo suele desarrollarse en la solitaria noche de los cementerios, bajo la silenciosa sombra de los cipreses y ante la oscura soledad de los panteones. Por eso, mientras trataba de abrirme paso entre la multitud de periodistas, simpatizantes de derechas e izquierdas, curiosos y agentes del orden, me pregunté una vez más qué carajo hacía yo allí.

miércoles, 31 de julio de 2019

DERROTA Y MIEL


DERROTA Y MIEL



Mi nombre es Jonathan Silencio, y soy la solución a esos problemas que ignorabas tener.
Al ataque de esa frialdad de mortaja que, como una mancha de humedad entre dos paredes, crece invisible hasta que es demasiado tarde; a la umbría oscuridad de maldición antigua que convierte tu vida en una sucesión de desgracias incomprensibles; a la mala suerte repetida, sin sentido, que te hace pensar en el suicidio. A los gritos transparentes de la noche.
Soy un detective sobrenatural. El mejor.

martes, 25 de junio de 2019

ESPERÁBAMOS SU VISITA



ESPERÁBAMOS SU VISITA.

Marisol aparcó junto al Centro de Recepción de Visitantes, regalándose unos segundos para contemplar el impresionante castillo de la Mota, aquél que había acompañado sus sueños infantiles de ser princesa, vigilado sus primeros besos y botellones en los pinares circundantes, e inspirado su carrera en Historia del Arte cuando llegó el momento de tomarse la vida en serio.

lunes, 25 de marzo de 2019

TODAS MIS PEQUEÑAS VIDAS


TODAS MIS PEQUEÑAS VIDAS, de Grace Klimt



“Las palabras son sólo una forma preciosa de llegar a ninguna parte”.
Esta frase, extraída de la obra que os quiero recomendar hoy, resulta irónica. Porque “Todas mis pequeñas vidas” está plagado de palabras que llegan, precisas y demoledoras, al fondo de nuestra mente. De nuestros sentimientos.

martes, 19 de febrero de 2019

OTRA VEZ SERÁ

Hola de nuevo, paciente lector. Hoy te traigo un breve relato de esos que surgen solos, de esos que parecen estar ahí, esperando a que alguien los narre. 
Tiene su origen en una anécdota que un compañero de Twitter, @Er_Killo_ , compartió en la red hace unos días. 
Le doy las gracias por permitir que use su experiencia para convertirla en este humilde relato que quiero compartir contigo y que he llamado...



OTRA VEZ SERÁ

Apagó la luz cuando ella salió de la habitación, dejando que el efecto calmante de las pastillas entumeciese sus agarrotados músculos y le condujese a un sueño tranquilo. Había sido una mala semana, dura en el trabajo, agitada en casa por las pesadillas del pequeño. “Menuda herencia le dejo”, pensó Carlos por enésima vez.

martes, 8 de enero de 2019

El Espejo, de Ricardo Zamorano








EL ESPEJO, de Ricardo Zamorano

No es fácil escribir un relato postapocalíptico sin caer en lugares comunes, sin recrearse en lo que ya otros han escrito antes. La originalidad de Zamorano a la hora de construir su mundo es lo primero que cabe destacar.

jueves, 29 de noviembre de 2018

LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE; IMAGEN Y PALABRA




LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE; IMAGEN Y PALABRA

Todos los aficionados a la literatura pasamos cierto miedo cuando una obra es adaptada a televisión o cine. En el caso de la obra de Shirley Jackson tenemos una mal antecedente en The Haunting (1999), completamente prescindible, y un meritorio trabajo en la película de Robert Wise de 1963, La Casa Encantada. Así que me acerqué con reservas a la nueva versión de Netflix.
El primer momento, con la voz en off narrando el inicio textual de la novela, parecía prometedor. Sin embargo, estuve a punto de cambiar de canal cuando me encontré a una familia numerosa atravesando alegremente el hall de la mansión.

viernes, 27 de abril de 2018

EL POZO DE LOS PARRITA


EL POZO DE LOS PARRITA

Almudena salta el bajo murete de ladrillo rojo, manchándose las manos de crepúsculo húmedo al apoyarse en él. Por suerte, su vestido sigue inmaculado. Frota las palmas contra las hierbas altas que crecen al otro lado y se interna en el pinar, alejándose de la casa familiar entre la niebla de enero.
Su corazón late rápido, un pajarillo de quince años que empieza a saber de la libertad y ansía abandonar el nido paterno. La noche viene deprisa, y padre estará tomando su coñac de antes de dormir mientras madre, a la luz de las velas, zurce alguna prenda herida de espino y rastrojo.
Ambos creen que Almudena duerme ya en su habitación al fondo de la casa, pero ella no puede conciliar el sueño. Ya no es capaz de dormir sin ver a Joaquín, sin sentir su abrazo y tal vez dejarse robar algún beso de luna y fuego.

viernes, 2 de febrero de 2018

EL MONSTRUO DEL FINAL DE MI CUENTO



 EL MONSTRUO DEL FINAL DE MI CUENTO

Se llamaba Jonathan Silencio, y era un hombre como los demás.
Entró en el club con ese aire despistado, como de haberse equivocado de sitio, que todos los hombres solitarios muestran al cruzar la puerta, y que desaparece en cuanto se acercan a la barra, los ojos ansiosos saltando de una chica a otra, escogiendo ya compañía para una o dos horas de desahogo. 

domingo, 17 de diciembre de 2017

RESUMEN DEL 2017






Otro año que se acaba, paciente lector, amable oyente.
Un buen año, un año en el que he crecido gracias a mucha buena gente. Ya me perdonaréis que no ponga una lista de agradecimientos, porque sería muy, muy larga.

viernes, 10 de noviembre de 2017

JUAN TRAGEDIA, 2





Ya a la vista de su edificio, Juan se encontró con su viejo amigo el Chapas, propietario del taller del barrio. Decidieron tomar un chato en el bar de Paco, para abrir el apetito antes de la cena.
-Coño, Juanito - saludó Paco- ¿Qué haces tú aquí? ¿No estabas de tarde?
Juan se encogió de hombros, y la mentira surgió espontáneamente. Explicó que había dejado el trabajo, harto ya de currar mucho y cobrar poco, y que se tomaría unas vacaciones antes de empezar en otro sitio. Cobraría el paro un par de meses y luego buscaría trabajo, antes de agotar el subsidio.
- Joder. Hay que tener cojones...  –dijo Paco, sin disimular su admiración-. Bueno, un par de chatos, ¿no?
Juan no olvidó comentarle a Paco lo de su hijo, Pedro, porque quería que el chaval fuese aprendiendo algo de la vida y no todas las tonterías que le enseñaban en clase.
- Bueno, no sé. Tampoco podría pagarle mucho. Ya ves que esto está muy parado.
Juan le dijo, con su sonrisa canina, que el dinero no le preocupaba. Después de todo, para llevar dinero a casa ya estaba él. Sólo lo hacia por el chaval, para que se fuese espabilando.
- Oyes, pues igual me le llevo yo al taller por las mañanas - terció el Chapas- y que vaya aprendiendo algo. Un oficio de verdad, algo seguro.
- ¿Qué pasa, que un bar no es un oficio de verdad? - se picó el camarero.
- Un bar va a temporadas, hombre - le explicó Chapas -, pero coches estropeados los hay siempre.
- Claro, jilipollas - saltó Paco -, y la mitad de ellos les estropean tíos que acaban de salir de un bar.
Juan, que ya sabía de memoria cómo seguía la eterna discusión, se levantó para marcharse. Le enfurecía ver a dos hombres, ambos autónomos, dueños de sus negocios y por tanto, pensaba él, de sus vidas, discutiendo como críos. La mano callosa se había posado ya sobre el gastado picaporte cuando la máquina tragaperras entró en su campo de visión. La figura comodín, la manzana de Cirsa, estaba en la línea central. Si podía retenerla era un premio casi seguro, pensó, y si salían otras dos iguales...

Supongo que ya lo han imaginado. Las manzanas no salieron, y Juan tampoco cenó con su  mujer aquella noche. A la máquina tragaperras le siguió el mus, con Paco como pareja y otro tertuliano habitual, el Agujas, junto a Chapas. El Agujas era un jubilado de R.E.N.F.E, dedicado en su mucho tiempo libre a desperrar a los incautos en juegos de cartas que dominaba desde los tiempos de la máquina de vapor. Paco y Juan perdieron una respetable cantidad. En el bar de Paco nunca se jugaba sin parné de por medio. No lo sintieron mucho, porque al llegar a la segunda vaca estaban ya augustamente ebrios.
Sin embargo, a la mañana siguiente nuestro protagonista maldeciría en su interior. No contra los ganadores, como sería comprensible y hasta lógico, sino contra su compañero. Desde su punto de vista, él había perdido todo lo que se jugó, mientras que Paco recuperaba, al menos, el importe de las consumiciones, que fue alto.
 Creo que ya conocen lo suficiente a Juan Muñoz como para saber que, en su caso, lo doloroso no era perder, sino el hecho de que incluso perdiendo en equipo es él quien más pierde.

Al llegar a casa, Juan tuvo buen cuidado de no hacer ruido con las llaves, pese al leve temblor de sus manos. Cerró la puerta muy despacio y se dirigió a su habitación, deteniéndose unos segundos ante la puerta abierta del dormitorio donde Ana y Marta, de doce y diez años, respiraban de esa forma tranquila y acompasada en la que sólo los niños, dormida su madurez, aún no soñada la edad adulta, son capaces de respirar. Esbozando una sonrisa, Juan se apartó del umbral en penumbra. La sonrisa, como siempre, se borró rápidamente al chocar su mirada con la puerta cerrada del dormitorio de enfrente. La habitación, el territorio, de su hijo Pedro, un estudiante brillante y ambicioso que siempre, desde hace años, atranca su puerta durante las noches. Juan pensaba, muy a menudo, que el chico ya no necesitaba  un padre que velase su sueño desde el umbral. Y, desde luego, él no se había molestado en tratar de abrir aquella puerta, en intentar la arriesgada exploración de aquél territorio, del submundo de trabajo, melancolía y ambición solitaria que su hijo usaba para protegerse.
Al entrar en su propio cuarto se desnudó, siempre silencioso, y se acostó. Sintió la tibieza del cuerpo femenino a su lado, y los castigados muelles del colchón crujieron al girarse ella para colocarse frente a él. Juan apretó los dientes involuntariamente, sintiéndose como un niño al que sorprenden en una falta.
-Hola – saludó ella, cariñosa y somnolienta.
Él respondió en un saludo quedo, embotado por el alcohol y el sueño.
-Has venido muy tarde, Juan –la mano, ajada por mil años de fregadero, acarició el pecho desnudo.
Juan le explicó lo ocurrido, exagerando tal vez un poco el papel del villano, un cruel jefe de personal envidioso de sus méritos, intercalando múltiples quejas sobre la situación de los trabajadores en España, y alargando el tiempo en que se desarrolló su despido para así cubrir dignamente su retraso. En conclusión, el mundo estaba lleno de hijoputas ricos que les robaban oportunidades a los tipos como él. Y cabe decir en su defensa que estaba firmemente convencido de la veracidad del argumento, lo que le dio un tono mucho más creíble. Ante la desesperación de su marido, ella no tuvo más remedio que adoptar una actitud consoladora y tranquila, como hará cualquier mujer enamorada en esa situación.
- Oh, cariño –las caricias se prodigaron, reconfortantes -, no te preocupes.
Sin embargo, un nudo de angustia trató de abrirse paso en su garganta, lento y espeso como una cucharada de miel fría.
Durante las horas siguientes, ambos examinaron la situación con calma, en tal vez el primer dialogo constructivo que habían mantenido en los dos últimos años. Surgieron de la mesilla de noche las cartillas del banco, las facturas pendientes y los proyectos de nuevas compras. Ella se despidió con tristeza del lavavajillas que esperaba poder adquirir por Navidad, y él del nuevo coche de segunda mano. Cuando por fin se durmieron, el amanecer trepaba ya por el horizonte.

Sí. El amanecer trepaba ya por el horizonte, y la noche había sido corta. Sin embargo, fue algo menos oscura que las anteriores. Y mucho más clara que las que, llegados a éste punto, esperan a Juan. Aquella noche la cordillera de arrugas descendió de forma tangible, y la oscuridad también. Pero nadie percibió el cambio. Lo que me lleva a pensar que  tal vez sea cierto que los mejores momentos de nuestra vida, las oportunidades reales, pasan a nuestro lado sin ser percibidas si no prestamos una gran atención.

Juan Tragedia durmió hasta tarde y se despertó  con la boca pastosa y la cabeza pesada. Cerca de mediodía salió para arreglar los papeles del paro, lo que le ocupó, como es indudable, más tiempo del que suponía y mucho más del que sería lógico.
Tras aquella maraña de formularios, Juan siente la presencia del omnipotente fantasma de la desesperación, el espantajo del paro, el espíritu oscuro del fracaso, la negación del hombre como tal. Y la conversación de la noche anterior, con todo su benéfico efecto, se disuelve en las sombras destiladas por los espectros. Por eso, cuando Juan Tragedia abandona el edificio de oficinas no se lo piensa dos veces y entra en el bar más cercano. Es un bar con cierta clase, punto de reunión a estas horas de ventanillas cerradas y letreros de “Vuelvo en diez minutos”, que deberían estar en las oficinas que acaba de abandonar. En este bar se sirven más variedades de café de las que Juan conoce, y a un precio más elevado.
Sin embargo, los detalles no tienen importancia. Lo único que despierta su interés son las luces amarillas, rojas y verdes que la máquina le envía, como señales codificadas que un faro le mandase sólo a él, intentando guiarle hasta la costa. Intentando llevarle allí donde debe estar para que su vida, definitivamente, sea transformada.

Juan entró en la cafetería y buscó un hueco libre en la barra. No le fue difícil. Se sentó en un taburete dotado de respaldo y cómodamente acolchado. Mientras esperaba que un camarero de mirada recelosa le atendiese, paseó su mirada tímida por el local. Los escasos clientes vestían buenas ropas, y portaban maletines negros o hablaban por teléfonos móviles.
Las paredes, de un suave tono pastel, estaban decoradas con grabados que reflejaban temas mitológicos, aunque Juan no era intelectualmente consciente de ello. Disfrutó durante unos segundos del fragante capuchino que, por fin, el camarero le sirvió, y de nuevo fue extrañamente consciente de sus sensaciones. El aroma y el sabor del café se tornaron repentinamente intensos, la suavidad de la  crema en sus labios fue casi dolorosa, y el cosquilleo de la espuma deshaciéndose en el extremo de cada pelo de su bigote se convirtió en un picor nervioso, en una comezón anticipatoria,  ¿de qué?
Entonces, sin ninguna razón, giró la cabeza hacia la puerta, tal vez oyendo, antes de que se produjese, el ruido que hizo al abrirse. Un segundo después, el nuevo cliente a quien Juan había presentido con tanta eficacia hacia su entrada en el local. Nuestro amigo quedó tan sorprendido que el café casi se le cayó de las manos. Acababa de contemplar un rostro que jamás habría esperado ver. Al menos, no donde lo vio. En otro hombre,










viernes, 3 de noviembre de 2017

JUAN TRAGEDIA

No sé muy bien cómo empezar a contar ésta historia, tanto por lo increíble que puede parecer a primera vista, como por lo absolutamente cotidiana que se manifiesta cuando, finalmente, el lector la juzga, aún en su inconsciente, leyendo entre líneas.
            Así que intentaré, al menos, llevar un orden lógico, aunque eso pueda resultar algo lento en algunos momentos de la narración.
            Nuestro protagonista se llamará Juan Muñoz Casal, y le dibujaremos como un hombre de mediana edad, barbado y algo cetrino, de piel y pellejo bien curtidos por los tragos, malos y menos malos, que la vida le ha ofrecido. El pelo de Juan es aún oscuro, ya casi más abundante en el pecho que en la cabeza, e igual de rizado en ambos lugares. Los ojos son torvos y algo, demasiado, acostumbrados a ocultar la mirada bajo las piedras de la calle o los zapatos del interlocutor, por no dejar ver la rabia y la envidia que tiñen sus pardos iris.
            Porque Juan es, por encima de cualquier otra apreciación, un hombre envidioso. Envidia la suerte y la vida de sus vecinos, de sus familiares, de los viejos amigos a los que encuentra por la calle ocasionalmente, siempre diciendo eso de “Bien, muy bien todo “ cuando uno les pregunta qué tal te va, Manolo. Incluso envidia a sus compañeros de trabajo en la fábrica donde todos ellos dan forma a hermosos coches que sus sueldos no pueden pagar. La envidia de Juan es, por lo demás, inofensiva para el resto de los mortales. Se trata de esa envidia contemplativa, tan cotidiana, que todos conocemos. La envidia apática  que se protege a sí misma mostrándonos siempre lo amargo de nuestra situación y evitando a la vez que hagamos nada por remediarlo.
            Así, nuestro hombre adquiere ya los tintes imprescindibles para formar al menos un esbozo sobre el papel.

            La vida de Juan está delimitada por los baremos habituales. Una esposa que jamás fue del todo bella, del todo amiga o del todo santa, pero que resulta ser la madre de sus hijos y la tenaz administradora de sus fracasos, la mujer junto a la que, día a día, ve crecer la cordillera de arrugas sobre la sabana de la cama de matrimonio, y cómo el residuo de conversación encoge y se degrada con el tiempo, como todos los residuos orgánicos. Y la pareja se mantiene sobre los sagrados pilares por todos conocidos, a saber; conformismo y cobardía.
            Los parroquianos del habitual bar de barrio, qué importa qué barrio, son los de siempre. El Pepe, el Manolo o el chico de la panadera, aquella tan marrana que mezclaba yeso con la harina para ganarle peso al pan, hasta que el tío Gregorio casi se envenenó por su culpa... Todos conocen a todos, sus historias y sus miserias. Juan no les aprecia, no más que ellos a él, pero les conoce, conoce su forma de ser. Y el consuelo de unos chatos compartidos arreglando el mundo puede ser mayor que el de aquella cordillera que ya no pretende escalar, así que son lo más parecido a verdaderos amigos que posee. El camarero, tal vez Jose, sin acento, o Paco, porque ningún camarero de bar de barrio debe llamarse, por ejemplo, Roberto Luis si quiere parecernos autentico, es otro amigo de tardes de partida, el confidente que, bayeta en mano, borra los círculos húmedos de la barra una vez apurado el vaso del recuerdo.
            Y éste es, sin más pretensiones, el paisaje de nuestro amigo Juan. La ciudad, todo lo más una pequeña capital de provincia, no da para más, o a Juan no le interesa lo que pueda dar.
            Pasemos, pues, a la historia en sí. Ah, pero antes deben permitirme que propine a Juan el último empujoncito por la cuesta dulce y suave de la apatía total.

            -Joder. Siempre yo - masculló con su voz ronca de fumador veterano -. Joder,  joder...
            -Calle y no murmure, Muñoz –le recriminó el jefe de personal -. Ha trabajado aquí durante ocho años, así que cobrará el paro una buena temporada. Y tampoco le queda tanto para jubilarse, así que no sé de qué se queja.
            Juan, a quien le faltaban veinte años para la jubilación, y eso si las leyes no volvían a cambiar, estuvo a punto de sonreír. Estuvo a punto de decirle al jefe de personal que se quejaba porque tenía que mantener a cuatro personas, se quejaba por que aún no había cumplido los cuarenta y seis y un niñato le creía ya en edad de jubilarse, y se quejaba, además, porque se le ponía en los cojones. Miró al jefe de personal a los ojos por primera vez en ocho años. Supo entonces que, una vez más, había perdido. No tenía valor para enfrentarse a aquel hombre, a aquella situación, pese a que llevaba toda la vida sufriéndola. Este trabajo en la línea de montaje había sido el más duradero de los últimos quince años. Llegó a concebir la esperanza de finalizar allí su vida laboral, con una pensión digna y el orgullo del trabajador eficaz y apreciado por sus superiores. Sin embargo, el viejo fantasma del desempleo volvía ahora, tan sigiloso e inesperado como siempre, susurrando en su oído.
            Con la carta de despido en una mano y el sobre de la liquidación en la otra, Juan abandonó la factoría sin despedirse de sus compañeros, sin pensar en hacerlo ya que su relación con ellos apenas llegaba a la más rudimentaria cortesía profesional. Ni habló siquiera con el representante sindical. No tenía intención de recurrir el despido. ¿Para qué, si nadie le hacía caso nunca?
            Paseó durante horas, sin deseo alguno de regresar a casa, donde su mujer le esperaba, tal vez hoy sí, para cenar juntos. Decidió tomar un café antes de volver.

            Bien. Ahora ya tenemos a Juan Muñoz Casal donde le necesitábamos. Sirvámonos pues de la omnipotencia del narrador, la ubicuidad del lector, no ya para penetrar en la mente de nuestro héroe y conocer todos sus pensamientos y emociones, lo que sería relativamente sencillo, sino para sumergirle en la maraña de su destino y, desde allí, imaginar los tan solo esbozados trazos que este destino trazó para él.
            Y, ahora que nuestra relación  se estrecha, ahora que poseemos cierta confianza de ventana indiscreta con Juan, ¿por qué no llamarle por el apodo tristemente cariñoso que sus escasos amigos le adjudicaron en su juventud? Éste apodo es, debe ser, Juan Tragedia, ya que la tragedia y la mala fortuna han estado tan unidas a él durante toda su vida como lo está el apellido al nombre de pila, de forma inseparable y definitoria.

            Peras, manzanas, sandias mostrando su roja carne... todas giraban locamente ante él, deteniéndose solitarias para mirarle desde los rodillos, como mucho en estériles parejas de futuro yermo. Otra castellana, camarero. Y el cambio, a la máquina, que está cargada.
Más o menos a las seis de la tarde, Juan había perdido la tercera parte de su liquidación en un recorrido dantesco por distintos bares. La saliva y los restos de anís formaban ahora una película espesa, fina y aromática sobre sus labios, agolpándose como savia pegajosa en las comisuras. El sudor brotaba de sus poros y resbalaba sobre las cejas espesas y los miembros nervudos. No en vano estamos a finales de junio.
            El bar está habitado por la típica fauna de media tarde, que ladra al viento sus órdagos, sabiduría de jugadas explicadas por el experto al experto. Nadie destaca de la multitud solitaria, excepto el hombre elegantemente vestido que toma café en el extremo de la barra, junto al último taburete vacío, observando la espalda crispada del jugador. Éste hombre es, tal vez, un viajante de comercio que se toma un descanso antes de seguir buscando clientes. En todo caso, nadie especial. Su rostro es agradable, de facciones correctas, suaves y regulares, aunque peculiarmente anónimas. Un rostro muy normal, que no serias capaz de recordar con claridad a los diez minutos de perderlo de vista. Un ser tan anodino que parece imposible que pueda interpretar un papel de importancia en ninguna historia, ni siquiera en la nuestra.

            Con un triste cabeceo, Juan abandonó la árida máquina tragaperras. Aún le quedaba parte del finiquito y la suficiente voluntad como para conservarlo, pese a la creciente ludopatía que le empujaba a seguir jugando, sólo otra moneda, seguro que ahora hay más suerte. Se sentó lo más lejos posible de la tragaperras, intentando ignorar sus luces resplandecientes, y pidió un café con leche para despejar el exceso de castellana. Encendió un cigarrillo, con el dedo índice de la mano derecha estirado, como si sujetase una pistola en lugar de un mechero. Aquél gesto era una de las pequeñas manías de Juan.
Allí sentado fue, de pronto, extrañamente consciente de muchas sensaciones que antes no había percibido. La débil resistencia del café, presentida casi en el mango de la cucharilla, el roce del azúcar aún no disuelto erosionando microscópicamente el cristal del vaso antes de deshacerse... un cúmulo de estímulos que se unían al vendaval de aire que llenaba su nariz, haciendo vibrar el vello de las ventanas, y al tranquilo golpeteo de la sangre en el pecho, en las sienes y en las muñecas. Juan se sintió salvajemente reconfortado, sin imaginarse el motivo. Mientras tomaba el café se dio cuenta que la situación no era tan grave. “He estado antes en paro”, pensó, “ y no me he muerto de hambre, que hostias”. Su mujer debería comprenderlo, igual que sus hijos. Además, las vacaciones de verano acababan de empezar y el chico podía trabajar en algo. Seguro que Paco, el del bar del barrio, necesitaba ayuda para la terraza. Por lo menos los fines de sema...
            El hombre elegante de su derecha, un tipo alto con un maletín, se separó de la barra, rozándole con el hombro antes de despedirse de la concurrencia y abandonar el local. El hechizo se rompió en aquél instante, la agudeza de sus sentidos decayó hasta detenerse en los umbrales normales y Juan sintió un leve mareo, que inmediatamente achacó al anís. Frotándose las sienes con los dedos nudosos, Juan Tragedia decidió que era hora de volver a casa. Hoy cenaría con su mujer, pensó mientras se imaginaba a sí mismo vestido con las caras ropas del tipo del bar. Seguro que le sentarían genial. Él, currando como un perro, no podía pagarse ropa así, y el otro hijoputa tomando chismes por ahí.

Y bien, por fin Juan vuelve a casa. Una casa de alquiler en un barrio sencillo, porque sería muy arriesgado concertar una hipoteca siendo tan inestables los trabajos. Eso lleva diciéndose Juan desde hace diecisiete años, casi desde el día en que nació su primer hijo, al que ve más como una razón para ser cauteloso que como un motivo para luchar por una vida mejor.
Mientras llega al barrio, saludando distraídamente a los vecinos de siempre, recuerda aquellas ilusiones juveniles de su naciente matrimonio. No compraron ningún piso, y les costó decidirse a adquirir el coche, un viejo modelo de la Ford que ya pasa más tiempo en el taller del Chapas que frente a la puerta de casa.
Tampoco hubo vacaciones en la playa, ni chalé alquilado en Torrevieja. Cuando Juan  y Pilar se casaron él era tornero, y le habían nombrado oficial de segunda más o menos en el tercer mes de embarazo de ella. Juan pensó entonces, como todos pensamos alguna vez, que las cosas por fin se arreglaban, que saldrían adelante con dignidad y llevarían una buena vida. Doce semanas antes del parto, el oficial de segunda Juan Muñoz fue despedido. Suspensión de pagos, recorte de plantilla. La eterna historia de la España industrial.

El roce, el enfrentamiento constante con su mujer, partió de aquella época. Hubo breves intentos de reconciliación, esporádicos acercamientos ahora llamados Ana y Marta, coincidentes con nuevos y prometedores trabajos de Juan. Sin embargo, la relación sexual se fue enfriando lentamente, más por la apatía del hombre que por la insatisfacción de la mujer. Al menos por parte de ella, el deseo sigue existiendo. Pero eso, como otras muchas cosas, es algo que Juan ignora de su mujer.

martes, 12 de septiembre de 2017

SORTEAMOS EJEMPLARES FIRMADOS


Hola, paciente lector. Vengo a darte una buena noticia. Amazon, la plataforma digital donde publico pirncipalmente, ha decidido lanzar una promoción llamada #MesIndie en la que selecciona una serie de obras que, durante varias semanas, estarán a un precio ridículo. Muy baratas, para que nos entendamos.
Mis cuatro novelas (en la imagen puedes ver las geniales portadas de LABELCOMUNICACION) han sido escogidas para participar en la promoción, así que estarán tan baratas que casi es un delito no bajárselas. Y quiero recompensaros por ello.

Desde hoy hasta el 1 de diciembre, te pido que me eches una mano colgando en las redes Twitter o Facebook alguna referencia a estos libros, y celebraré un sorteo entre los participantes para resolverlo antes de Navidad. La mecánica es muy sencilla.
-Cuelga en estas redes tus citas preferidas de mis libros, tu opinión (positiva o negativa), lo que más te gusta o  más odias de estas historias, una foto tuya con el libro, una imagen de los lugares que aparecen en ellos... cualquier cosa referente al #DetectiveSilencio y sus aventuras.
-Incluye las etiquetas #MesIndie y #DetectiveSilencio en tus publicaciones. No importa si compráis el libro ahora, si ya lo teníais antes o si os lo ha prestado un amigo. Sólo que lo hayáis leído.
-Para asegurarte de que me llega (aunque estaré al acecho como nefárida hambriento) puedes etiquetarme en esas publicaciones. En este mismo blog, arriba a la derecha, verás mis perfiles en Facebook y Twitter.
-Iré haciendo una lista de participantes y, en la primera semana de diciembre, haré un sorteo (mi idea es grabarlo en vídeo, que colgaré en las redes) y los cinco ganadores tendrán un libro en papel, dedicado a su nombre (o al que escojan, por si quieren regalarlo) que les enviaré por correo sin gastos por su parte. Esta promoción es válida para cualquier lugar del mundo. Del nuestro, si vives en otro planeta, dimensión paralela o Más Allá siento decirte que Correos no llega hasta allí.

Así de sencillo. Gracias, paciente lector, por tu ayuda.

jueves, 31 de agosto de 2017

¿QUIERES DESCARGAR GRATIS UNA NOVELA DE SILENCIO?

Los próximos días 1, 2 y 3 de septiembre puedes descargar gratis la novela VIVIR EN EL INTENTO protagonizada por Jonathan Silencio.
Una historia en la que nuestro detective se enfrentará a una maldición antigua que afecta a los primogénitos de una familia. Un relato en el que compartirá protagonismo con la misteriosa Paloma Verdugo. Enfrentará el mal en sus formas más dispares. Sexo, acción, investigación y un poco de reflexión sobre la naturaleza humana.
Como siempre, paciente lector, se agradecen comentarios y difusión.

jueves, 3 de agosto de 2017

"Un vacío en el corazón" en versión audio.

Hola, paciente lector.
Hoy quiero compartir contigo una noticia que me hace sentir orgulloso.
Verás, hace como un millón de años mi amiga Carmen Romero nos contó una curiosa leyenda sobre cierto doctor y su hija muerta y momificada. Como mi cabeza funciona a su manera, esa narración me inspiro el relato UN VACÍO EN EL CORAZÓN, que se convirtió con el tiempo en uno de los preferidos de mis lectores y acabó teniendo  mucho peso en la tercera novela de Jonathan Silencio, A CORAZÓN ABIERTO.
Pues bien, este relato ha gustado mucho a los responsables del canal de Youtube TERROR Y NADA MÁS, un referente en los podcast de fantasía y terror que pronto cumplirá diez años contándonos las mejores historias del género.
Y ya está disponbile, paciente lector, la versión en audio de UN VACÍO EN EL CORAZÓN en el canal como parte de los festejos para celebrar ese décimo aniversario.
Así que te invito a pasar por allí, disfrutarlo, compartirlo y dejar tus comentarios y calificaciones.

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sábado, 15 de julio de 2017

A VECES SALEN A LA LUZ


A VECES, SALEN A LA LUZ

Oso detuvo su carrera al borde de la grieta, tratando de controlar su agitada respiración. Miró atrás, al pasillo excavado en la piedra caliza. Ninguna sombra, ningún sonido. Olisqueó el aire, detectando sólo el aroma salado propio de su sudor y el penetrante olor de la piedra, un regusto metálico que picaba sus fosas nasales.
Sonrió, escrutando de nuevo la grieta. Tenía unos tres metros de ancho, pero su profundidad escapaba a todo sondeo. Para los del clan, esa era la frontera del mundo.
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