LA DESTRUCCIÓN DE LOS HECHOS
No había nada de preternatural en el aspecto de la finca;
ningún olor extraño, ajeno a las hierbas aromáticas que crecían en la
propiedad, ninguna sombra amenazante, procedente de ángulos increíbles o
pliegues espaciales ajenos a lo humano. El interior de la casa, oscuro y algo
frío, no parecía ofrecer ninguna amenaza, aunque estaba teñido de la pesada
atmósfera que el inspector Barrero había sentido ya en decenas de escenarios de
crimen.
Sin embargo, el inspector no dejaba de vigilar a su
prisionero que, escoltado por los agentes, avanzaba con aquella extraña calma
por el pasillo que conducía al salón.
Sólo se detuvo unos instantes antes de cruzar el umbral,
para pedir al agente más cercano un cigarrillo. El policía interrogó a Barrero
con la mirada, y éste asintió. La Científica ya había terminado su trabajo en
la casa, y no había peligro de que el cigarrillo contaminase las pruebas.
Pruebas, por otro lado, que parecían innecesarias ante la evidencia de los
hechos.

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