Conocí
al profesor Largo en la universidad, durante mi época de estudiante, y no tardé
en entender que aquel sabio excéntrico era una de las más prodigiosas mentes
que el mundo haya alumbrado jamás.
Su
erudición parecía no tener límites, su paciencia a la hora de atender y ayudar
a sus estudiantes era admirada por todos en el campus, y su capacidad de
trabajo parecía imposible en un hombre tan enjuto y poco destacable
físicamente.
Mis
estudios de psicología me llevaban, como no puede ser de otra manera, a
inquietarme e interesarme por los vericuetos de la mente humana, de su
funcionamiento y características, y así entré en relación con el profesor, cuyo
conocimiento de estos entresijos le convertía en el mejor de los maestros.
Gracias a él conocí las filosofías de los antiguos, los primeros atisbos del
conocimiento humano enfocado sobre sí mismo, y descubrí poco a poco muchas de
las lagunas que ningún estudio al uso podría llenar jamás.
El
profesor Largo estaba interesado, según supe cuando nuestra relación empezó a
convertirse en amistad sincera, en ampliar la capacidad de introspección de la
mente humana hasta más allá de lo que cualquiera lo hubiera hecho antes. Decidí
ayudarle en su búsqueda, y fue así como llamamos a la ruina y la demencia y las
atrajimos hasta nosotros. ¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que
atrajeron sobre nosotros tan monstruosa suerte!
El
profesor era partidario del uso de sustancias naturales, extraídas de plantas
como las artemisas y algunas variedades de selenes y amapolas, que permitirían
la expansión de la conciencia humana.
Tal vez
sea éste un concepto que les cueste entender, pero como policías conocerán los
efectos de ciertas drogas o hierbas sobre los toxicómanos. El trabajo del
profesor sirvió, mediante el uso de sustancias parecidas, para conseguir
efectos mucho más benéficos para la humanidad.