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viernes, 12 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. TRECE.

https://www.youtube.com/watch?v=7d4qFaHvYeU


 13
Intramuros

Por primera vez en mucho tiempo, Fabián se siente libre, se siente él mismo.
Mientras el ejército avanza al paso, la orden mental de Binah llega claramente. “Transformaos. Atacad, teriántropos, atacad”
Decenas de soldados sonríen al escuchar el mandato, arrojan sus armas y se despojan de sus armaduras, o simplemente las destrozan cuando sus cuerpos crecen, retorciéndose cuando la energía interior se libera.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Algo que contarte, paciente lector.

https://www.youtube.com/watch?v=_Gj8QvG0qzk


Hace poco menos de un año, paciente lector, publiqué la primera entrada en este blog. Sin demasiada convicción, arrastrado casi por algunos amigos tan locos como para creer en mi. Esto no va a ninguna parte, Silencio no da para más de diez o doce páginas, les decía yo.
Me equivoqué, por supuesto.
Hoy Silencio tiene un buen número de amigos por la red, un montón de aventuras pendientes y un libro que acaba de publicarse en Amazon. Contiene dos casos, uno de ellos revisado y el otro por completo inedito y que podéis encontrar en los siguientes enlaces.

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Llega la hora de agradecer a esos amigos su empuje, y a ello voy.
A @LaMagaSoy1 y @lalunaticadtv por quitarme el flotador y arrojarme al mar.
A Def, por la garlopa, a Hojodealcón por los colmillos de rata, a Ireth por la conciencia de lo inerte; a Yomisma, la Diablesa y los viejos amigos que cruzaron océanos de tiempo para leernos; a Bupu por los ewoks, a la gente de Fantasía Austral por el hospedaje, a @Abrirunlibro por la fe, a Esteban Díaz, Frank Spoiler y demás compañeros aporreateclas, qué envidia os tengo, escritores.
A Eduardo Velasco por una portada que dará que hablar y espero que no sea la última.
A mis Patanases del Infierno, aunque no empecemos a chuparnos las pollas todavía.
A Toño, por los ojos verdes Heineken y más cosas. 
A Pandora, por la fe de los borrachos.

Y dejándolo aquí para ser breve, sin duda, a ti, paciente lector. Gracias. Pase lo que pase, ya ha merecido la pena. 

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. DOCE






12
Intramuros
El miedo funciona como un corazón humano. No necesita hacer nada especial, nada fuera de lo normal. Sólo seguir su curso, sin detenerse, sin cambiar de ritmo.
Así avanzan las tres naves que Binah ha enviado contra sus enemigos. Lentas y constantes como el latido de un hombre que duerme tranquilo, sin detenerse porque simplemente no tienen motivo para hacerlo.
Las velas se repliegan y los largos mástiles, sujetos a la estructura por cables de acero, quedan adosados y fijos en la brillante superficie. También las grandes hélices gemelas de popa se frenan, dejando que la inercia sea lo único que haga avanzar los dirigibles. Superan la empalizada, siguen adelante, demasiado altos para que arqueros y lanceros representen una amenaza. Las hélices giran sobre sí mismas, quedan paralelas al suelo y empiezan a moverse de nuevo, acompañadas de una tercer en la proa. Ganan altura mientras las tropas que se llaman a sí mismas “hombres libres” estiran el cuello y observan en silencio. La amenaza crece en ese silencio, se nutre de él, de las suposiciones que hacen soldados y ciudadanos. El temor se manifiesta en manos temblorosas, respiraciones contenidas y gargantas que intentan tragar saliva.
Ese miedo crece deprisa, se alimenta a sí mismo como el latido de un corazón alimenta el cuerpo del que vive. Es más efectivo que un ataque directo, más amenazante que una espada desnuda, porque los hombres no saben a qué deben enfrentarse. Durante largos minutos los dirigibles ascienden, y los soldados sólo pueden conjeturar sobre lo que les espera.
Los oficiales tratan de mantener la disciplina, de hacer que los hombres permanezcan en sus posiciones, pero no pueden dar órdenes eficaces cuando desconocen a qué van a enfrentarse. Pasan latidos que parecen minutos, minutos que parecen jadeos ansiosos, y nada ocurre. Hasta que las naves detienen su ascenso.

Espejo sabe que el ataque es inminente, que será duro y mortal. Teme que Binah, incapaz de ganar la guerra de otra manera, haya optado por romper los Pactos. Eso le daría la posibilidad de denunciarla ante la justicia de la Ciudad, tal vez de derrotarla para siempre. Pero hay que estar vivo para ganar un juicio, y el Maestro no sabe si alguno de los miles de hombres que se protegen entre las casas dispersas lo estará. No puede ver más que agua en los depósitos que cuelgan de los dirigibles, nada más que agua. Si Binah es tan poderosa como para esconder a su mirada algún tipo de arma, entonces su causa está perdida.
Sus ojos se dirigen al viejo hospital. Menendo ya estará allí, alertando a Anteo. Ocurra lo que ocurra, morirán luchando. Y eso es a veces el único consuelo que un hombre puede permitirse.

En la azotea del viejo hospital, Anteo y Menendo observan el ascenso de los dirigibles. El nefárida no refleja ninguna emoción en su rostro ni parece preocupado por la batalla que se avecina, aunque ha cubierto su habitual desnudez con una ceñida y flexible armadura de cuero.
-¿Qué crees que ocurrirá ahora? –pregunta Menendo.
-Atacarán. Morirá gente. Siempre ha sido así.
El joven frunce el ceño ante la simplicidad de la respuesta, pero teme demasiado a su interlocutor como para contestarle.
-¿Qué ha dicho tu Maestro? ¿Qué cree él?
-Sólo ha visto agua en el interior de los depósitos inferiores –explica Menendo– y teme que haya algún hechizo de espejismo tan poderoso que hasta él resulte engañado.
Anteo asiente, despacio, midiendo con la mirada el tamaño de los depósitos. Unos cien metros de largo, tal vez quince de ancho y quince de alto. Más de sesenta toneladas de agua entre los tres.
-No es agua. No es sólo agua –dice cuando se da cuenta de lo que les espera.
-¿A qué te refieres?
Anteo baja la mirada, contempla el frente enemigo. Una nube de crubines y guerreros pájaro despega de las lejanas torres y el ejército de Binah, obedeciendo a las señales de las trompetas, emprende el avance en una línea infinita.
Con un único golpe seco, los tres dirigibles abren las compuertas de los depósitos y empieza el horror.

En un primer momento el agua cae como un bloque fluido y rápido, un río suicida, casi una masa sólida. La fricción con el aire y el viento que producen las hélices dividen pronto la masa, convirtiéndola en una pulverización que se extiende, más lenta, más semejante ahora a una lluvia fina que a una catarata. Atrapada entre las gotas, la luz se disfraza de todos los colores y de ninguno, convirtiendo el cielo en el espectro de todos los arcoiris que fueron, de todos los amaneceres que serán, mientras el agua cae mucho más despacio, un torbellino sacudido por vientos cambiantes.
Las finas gotas, frenadas por el aire, se convierten en una sola nube de lluvia y color sin dejar de descender, pero hay algo de horizontal en su movimiento cuando el agua de los tres dirigibles se mezcla en el cielo. Aún a decenas de metros del suelo esas gotas empiezan a unirse, a asociarse de forma antinatural y sin embargo, necesaria.
Hay una suerte de conciencia, de intención en la danza silenciosa que describen. Y Espejo entiende entonces lo que Anteo ya había descubierto.

-¡Riseeelkaaaas! –ruge la furiosa voz del Maestro de los Espejos.
El grito se propaga entre los hombres, Espejo ordena la retirada y los oficiales repiten la voz de mando, y cientos de soldados corren hacia la lejana línea de trincheras, mientras las primeras gotas de agua caen sobre ellos.
Suspendidas en el aire, las damas guerreras de Binah toman forma cuando la lluvia incontable se fusiona, el líquido se vuelve carne y cabello, la transparencia del agua se convierte en piel opaca y brillante. Algunas riselkas están ya en tierra, mujeres desnudas cuyo largo pelo es a la vez túnica y arma. Sus mechones se enredan, se convierten en látigos o largos tentáculos, en espinas protectoras duras como metal bien templado.
Empieza la lucha, pero el enemigo ya está por todas partes, y ni la niebla ni la empalizada ofrecen protección a nadie.

Espejo no detectó a las riselkas, porque sus esencias estaban divididas entre los tres tanques. Ni una sola de las criaturas estaba completamente en ninguno de ellos, y la gran cantidad de agua normal que se mezclaba con ellas diluía su naturaleza.
Esa agua humedece el aire, empapa a los combatientes y llena de terror a los soldados, que no saben si se trata de líquido normal o de riselkas aún no conformadas.
Un hombre empapado cae al suelo cuando el agua que moja su túnica se convierte en una maraña de pelo en torno a sus piernas. Miles de gotas saltan hacia él, dando cuerpo a la riselka, y el cabello se convierte en una mortaja que le asfixia mientras la guerrera toma forma sobre su espalda, destrozándole el cuello con garras ansiosas.
Una riselka parcialmente conformada cae al suelo cuando se lanza sobre un hechicero, protegido por un hechizo de escudo electromagnético. El cuerpo femenino se sacude, convulsiona y se rompe, disgregándose en un charco inerte.
Por todas partes, la muerte chapotea y ríe como un niño que juega entre los charcos.

Sobre la empalizada, Espejo trata de mantener la calma, de controlar la situación. El inesperado método de ataque ha destrozado todos sus esquemas. Ni la niebla ni la empalizada sirven ya como defensa, y sus líneas están rotas.
Los soldados voladores de Binah están ya sobre él, y no hay arqueros ni tiradores que puedan detenerlos.
Las riselkas no son enemigos fáciles. Rápidas, letales, sus cuerpos se disuelven cuando se sienten acorraladas, evitando así las espadas, y se mueven como pequeños arroyos, recomponiéndose en nuevas posiciones. Sus cabellos flagelan y atan a los hombres, desconcertándoles con ataques fugaces que les distraen el tiempo suficiente para que los cruines caigan sobre ellos, rematándoles. Algunos se refugian en las casas, cerrando puertas y ventanas, pero las riselkas pueden colarse por cualquier grieta en la piedra como goteras rápidas, y el refugio se convierte en trampa.
La única solución es la retirada, más allá de la franja concertada con Anteo. La única esperanza para ganar tiempo y reorganizarse es la intervención de los nefáridas. Espejo mira al antiguo parque. Los soldados de infantería avanzan en cuña, un vértice de lanzas que le apunta casi directamente. Frunce el ceño. Nadie detendrá el avance de ese ejército. Nadie excepto la niebla aún adherida a las piedras teñidas de sangre.
Tras él, en el cielo, algo ocurre.
Resplandores verdes y azules, reflejos de luz en la piel de las riselkas, giran cada vez más deprisa a veinte metros de altura. El maestro ve con claridad lo que ocurre y comprende que la empalizada también caerá. Un buen número de riselkas, tal vez unas cincuenta, danzan en círculo, seres etéreos aún, en parte agua y en parte carne, rodeadas en su vuelo por cien estáticos cruines que agitan sus alas con fuerza.
Hay algo de fascinante, de maravilla incluso en esa Ciudad de maravillas, en la contemplación del trabajo coordinado de ambas fuerzas. La danza de las riselkas, similar a una jiga rápida y alegre, roba el viento provocado por los cruines, formando una barrera que recoge el agua del aire. Pronto, un embudo imposible, un anillo de agua agitada se forma, se mantiene y crece absorbiendo el agua del aire y la tierra empapada, creciendo en un tornado líquido que más y más cruines alimentan agitando las alas, mientras las riselkas bailan.
En lo alto de la empalizada Espejo es el único que contempla el espectáculo, mientras el campo de barro y sangre queda desierto, ocupado ya sólo por los cadáveres y la tropa enemiga que avanza en grupos, casa por casa, acabando con toda resistencia y rematando a los heridos. Las espadas de los croines se clavan en cada cuerpo que encuentran mientras las riselkas avanzan. Los hombres de Espejo se han retirado ya, obedeciendo sus órdenes. La nueva línea de resistencia queda lejos, más allá de las trincheras. Más allá del viejo hospital donde los nefáridas aguardan. El Maestro de ilusiones aguza su mirada, lanzándola lejos a través de la tierra agonizante, hasta encontrarse con la de Anteo. Como si se hubiera proyectado hasta llegar junto al nefárida, que le ve también con claridad.
-Han superado la marca acordada –susurra Espejo-. Sois libres de cumplir el pacto.
Anteo asiente, apenas el esbozo de una sonrisa en su rostro.
-¿Qué harás tú? –pregunta con cierta curiosidad.
-Mantener la posición. Mientras pueda.

El ejército de Binah avanza, la punta blindada de su formación en cuña apenas a doscientos metros de la empalizada, como si apuntasen directamente al lugar donde Espejo aguarda. El tornado de agua se mueve llevado por croines y riselkas, toma una orientación vertical y vuela a velocidad creciente hacia el Maestro, arrastrando a su paso el tejado de las casas y derribando sus muros con la fuerza de un maremoto.
En medio de ambas fuerzas, Espejo sacude la cabeza y envaina su espada. Esperando que la mortal niebla pueda ser aún útil como defensa. Que no todo esté perdido. Que aún queden motivos para seguir en pie y ser valiente.
El tornado es ya un ariete, una broca líquida y gruesa, una flecha azul verdoso que nada puede detener. Espejo se inclina y arranca de la empalizada un puñado de piedra, hundiendo en ella sus dedos con un leve esfuerzo. Pulveriza la piedra entre sus manos y la deja caer ante él, y las partículas se adhieren a su piel, formando un escudo protector, endureciendo su carne para salvaguardarle del golpe inevitable.

Los croines alzan el vuelo, apartándose del ariete acuático y llevando entre sus poderosas manos a las agotadas riselkas. Girando sobre sí misma, la columna de agua golpea contra la empalizada a toda velocidad bajo los pies de Espejo, que salta hacia arriba y hacia delante, volando sobre el ariete líquido, intentando que el agua y el viento no le empujen. Las piedras se separan, explotan, son arrastradas por la riada y se llevan con ellas jirones de niebla caníbal, abriendo una brecha de decenas de metros en la empalizada. El agua parece explotar, la barrera se convierte en metralla y un crujido de mundo roto llena el aire.

Barro, polvo, niebla y espuma y piedra. Después, silencio. 



viernes, 21 de noviembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. DIEZ.

https://www.youtube.com/watch?v=YRO5YFM9I_c


10
Extramuros

Fernando acumuló la leña en forma de pirámide, como le había enseñado su tío, mientras éste trazaba algunas marcas con su navaja en una de las ramas. El frío era intenso, como correspondía a la segunda semana de noviembre, y el niño no tenía muy claro qué sentido tenía esa excursión.
Sebastián guardó la navaja en su bolsillo y entregó el leño marcado al niño.
-Frótalo con los otros. Tienes que encenderlo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES, NUEVE.






9
Intramuros
El poder es un tesoro extraño, pues crece cuanto más se gasta. Quienes lo atesoran sin mostrarlo como avaros que guardan su oro en sótanos oscuros corren el riesgo de parecer débiles y por tanto, vulnerables, a los ojos de otros. Sin embargo, algunos derrochan ese poder, hacen de él una bandera visible para todos, y así demuestran tanto su fuerza como su capacidad de ejercerla sin que se agote. Como un hombre con un arma en la mano, se muestran peligrosos y fuertes.
Binah conoce esta verdad acerca del poder y no duda en emplearlo cuando tiene ocasión.
Por eso no espera a que el dirigible llegue a la torre de embarque. Ordena abrir las compuertas de la cabina y sale al exterior, mostrándose ante su ejército. Con un paso suave y calculado abandona el vehículo y se queda suspendida en el aire, flotando, descendiendo despacio a la vista de todos. Sus brazos, ligeramente separados del cuerpo, con las manos abiertas hacia fuera, parecen ofrecer un abrazo protector a los soldados, aún conmocionados por el espectáculo de la mágica niebla.

viernes, 7 de noviembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. OCHO.





8
Intramuros


El amanecer en la Ciudad es demasiado hermoso como para pensar en ruinas y sangre. La luz tiene algo de líquido, algo de dorado neblinoso mientras se desliza sobre la piedra antigua, en un reencuentro diario entre materia y energía que no por cotidiano pierde lo que tiene de milagroso. Cúpulas titánicas reciben la caricia de la luz y las torres inmensas cumplen su deseo de tocarse con el cielo un día más; vidrieras y rosetones multiplican los colores del mundo, como si los creasen cada mañana, como si un nuevo día fuese otra oportunidad de diseñar paraísos eternos.
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