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lunes, 13 de marzo de 2017

GATO




GATO


Si Fran se asomó a la ventana fue únicamente porque confiaba en Gato.
En los quince meses transcurridos desde el accidente de tráfico que se llevó a su mujer y al hijo que ella portaba en sus entrañas Fran sólo había confiado en Gato. Aunque eso no era del todo correcto.
Encontró a Gato un miércoles por la noche, de madrugada, seis semanas atrás. Fran, que se había dado a la bebida y las apuestas para olvidar lo inolvidable, estaba en números rojos más o menos en la época en que su hijo debía haber nacido. Más o menos, en la época en que, entre borrachera y borrachera, se dio cuenta de que no podría superar la soledad, el vacío de la desierta cama de matrimonio y la dulce pesadilla en que soñaba con la risa de un bebé al que jamás oyó reír, que jamás le llamó papá ni se durmió entre sus brazos, pero al que igualmente añoraba.

Cuando casi pierde su negocio. “CERRAJERÍA Y FERRETERÍA FRAN & MAMEN; ELEMENTOS DE JARDÍN Y BRICOLAJE”, rezaba el letrero de la puerta. Lo había salvado por una sola carta, con las escrituras ya sobre la mesa. Cuando perdió su coche, el que había elegido junto a su mujer en aquel último verano de ella, que parecía eterno y resultó no serlo. Sí, fue entonces cuando recurrió a sus talentos, a su habilidad para abrir puertas desconocidas y entrar en casas ajenas en el silencio de la noche, en lugar de hacerlo con el dueño de la casa junto a él, como hasta entonces.
Los primeros seis atracos fueron muy bien. Limpios, perfectos.
Con aquél dinero le daba para ir tirando, pagar deudas y vicios y creer que había un mañana.
Todo se estropeó en el desierto chalet de las afueras, cuando la anciana dueña regresó demasiado pronto de sus vacaciones en Benidorm, y entró en casa mientras él vaciaba la caja fuerte, oculta tras un óleo que imitaba con elegancia “El Grito”. No tuvo más remedio. Ella le vio la cara, y él se la vio a ella. Aquella mujer había comprado en su tienda algunas de las jardineras que adornaban el amplio jardín, y acariciado la tripa apenas abultada de Mamen, deseando que el niño heredase sus ojos dulces y cálidos. La mató a golpes de candelabro. Limpió la sangre, enterró el cuerpo en el jardín, bajo los rosales, y huyó.
Lo que le impulsó a volver fue el miedo a haberse dejado llevar por la precipitación, a haber dejado pistas. Y lo que le impulsó a llevarse a Gato, un gran animal castrado que parecía casi un perro mediano, fue el patetismo de sus grandes ojos verdes mientras languidecía, maullando triste, sobre la tumba de la vieja. Su primer impulso al ver allí al animal fue golpearle con la pala, matarle a golpes y enterrarle junto a su dueña. Si le dejaba vivo, maullando y tal vez escarbando la tierra, acabaría por llamar la atención de algún vecino. Lamiéndose los labios resecos, mirando frenético a su alrededor con las manos temblorosas, estaba dispuesto a asestar el golpe, hasta que miró los ojos del animal. Allí, tumbado sobre ese vientre de tierra que contenía, ya para siempre, el cadáver de su querida ama, Gato era tan solitario y patético como él mismo. Fran se recordó con la mejilla apoyada sobre el vientre de su esposa, mientras ella le acariciaba el pelo con aquellas manos que eran ala de mariposa, intentando escuchar una patada, un movimiento, un mensaje de vida del niño al que habría llamado hijo, igual que ahora Gato parecía buscar esa misma vida en la tumba de la que era probablemente su única compañía en el mundo.
Mordiéndose los labios para cerrar el camino a las lágrimas, se dio cuenta de que no podía acabar con él. No fríamente, no mirando esos ojos inmensos que tenían la misma expresión que los suyos.
Se llevó a Gato, y dos semanas después el animal ya se había adaptado a su rutina. Cuando sonaba el despertador, Gato ya estaba allí, lamiendo su cara. Cuando volvía a casa, Gato salía a recibirle y saltaba a su pecho, ronroneando y jugando. Hacía que Fran sonriese. Habría deseado llamarle por un nombre mejor, pero no sabía cuál le puso su vieja dueña y pensó que “Gato” era tan bueno como cualquiera. A los dieciséis días se subió a la barandilla del balcón del quinto piso, su casa, y maulló como un loco hasta que Fran se asomó. Dos gamberretes intentaban arrancar el retrovisor de su coche, aparcado abajo. El día veintinueve, lo hizo de nuevo. Los gamberretes estaban allí, desinflando las ruedas de todos los coches de la acera. Bajó corriendo. Rompió tres dientes a uno de ellos con un bate de béisbol y el brazo del otro, cuando trataba de sujetarle para llamar a la policía. Dejó escapar a ambos chicos, y aquella noche lloró al pensar en lo que había hecho.
A los treinta y dos días, Gato estaba sobre su pecho, recibiendo las babas de borracho impenitente que Fran escupía al roncar. Él despertó, extrañado de que Gato le lamiese y arañase a las tres de la mañana. Se levantó, siguió a Gato hasta la puerta y casi se echó a reír cuando oyó al chapucero ladrón tratando de forzar su cerradura. Cogió el bate de béisbol, abrió y solucionó el problema. Gracias a Gato.
Por eso se fiaba de él.
El último día Gato maulló y maulló y Fran, borracho como siempre, se asomó a la barandilla, inclinando el cuerpo hacia fuera para poder ver mejor, porque el saliente de su balcón era casi más ancho que la acera.

Gato había estado esperando el momento. Fue fácil acostumbrar al hombre a su rutina. Fue fácil dejar que se encariñase con él. Fue fácil esperar. Los gatos son pacientes. Uno puede mirar sus ojos espectrales y no notar la intensa inteligencia que aguarda dentro, que nos juzga, nos condena y nos redime, pero está ahí. Saben esperar, tanto para restregarse ronroneando contra nuestras piernas como para arañarnos la mano. Y Gato era el más paciente de ellos.
Cuando el hombre, el asesino, tenía medio cuerpo fuera, una mano en la barandilla y otra sujetando la copa, Gato saltó. Más de diez kilos de carne cayeron sobre la nuca del ebrio Fran, inclinando su centro de gravedad. No mucho, lo suficiente como para hacerle caer hacia delante. Lo justo, apenas lo necesario, para que Fran se desnivelase como el volquete de un camión demasiado cargado. Vio la acera, repentinamente cerca, vio inclinarse el horizonte, y sintió el empujón definitivo cuando Gato saltó de nuevo, impulsándose contra su nuca, alcanzando el balcón y rozándose una pata al aferrarse, mientras Fran caía a la calle, dieciocho metros más abajo, y sentía el aire repentinamente acelerado y la fricción en cada cabello, y se giraba hacia arriba, involuntariamente, y clavaba sus ojos pardos en los ojos brillantes de Gato, y moría al golpear el techo de su coche. Gato se lamió la pata, indolente, disfrutando de lo dilatado de aquellas pupilas culpables, de los ecos del grito final, del chapoteo del cuerpo reventando sobre el metal y el tintineo cantarín de las lunas rotas. Casi sonreía. Había merecido la pena esperar.
  
La policía entró en el piso sólo catorce minutos después, avisados por la vecina de arriba y demostrando una vez más la utilidad de la típica cotilla de portal. No encontraron signos de violencia, ni en la puerta, donde Fran arregló días atrás la patética intrusión de su competidor, ni en el resto de la casa. El agente Ochoa y el agente Ortega realizaron un informe rutinario, definiendo la muerte como suicidio. Lógico, con el historial del pobre hombre. Ortega, que cuatro años atrás había matado a un gitano en la sala de interrogatorios de la comisaría y chantajeado a su compañero para que no le denunciase, vio a Gato, lamiendo apenado su pata herida. El policía sintió inmediatamente la necesidad de adoptar y proteger al animal. Ochoa también le vio, pero no sintió lo mismo.
Ortega acabó por llevarse a Gato. Un par de semanas después, confiaba plenamente en él. Y Gato esperaba.




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