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viernes, 4 de noviembre de 2016

EL BAÚL DE LOS RECUERDOS

EL BAÚL DE LOS RECUERDOS

A primera vista, el baúl no tenía nada de particular. De base rectangular, casi un metro de largo por cuarenta centímetros de ancho y medio metro de alto, herrajes negros en la curvada tapa y en los ángulos, asas de bronce laterales y un hermoso candado de latón que lo mantenía cerrado. En resumen, un baúl.

No había en él nada ominoso, ninguna amenaza atávica y siniestra emanaba de su cuarteado barniz.
Lo único que molestaba a Julio era que ocupaba mucho sitio. A sus ocho años, Julio estaba acostumbrado a disfrutar de un amplio espacio. Su hermano, Miguel, tenía habitación propia. A veces se sentaban juntos allí, y jugaban a la Play Station o al Risk, o Miguel tocaba su guitarra mientras Julio escuchaba, embelesado.
Estas reuniones fraternales eran más habituales desde que el abuelo y su baúl llegaron a casa. El abuelo había ocupado una habitación que antes se destinaba a invitados, porque el médico le había diagnosticado Alzheimer y su padre no quería dejarle en una residencia. Como la habitación no era muy grande y estaba, además, amueblada, el dichoso baúl no tenía cabida allí y acabó en el cuarto de Julio, mucho más amplio.
Además, su padre contrató a una enfermera por horas para que ayudase a atender al abuelo.
-¿No te importa que el baúl esté aquí? –preguntó una noche su padre mientras le arropaba.
Julio se encogió de hombros.
-No, no me importa.
Su padre miró el baúl, colocado junto a la puerta. La luz de la luna entraba por la ventana, reflejándose tenuemente, casi como si no se atreviese, en los herrajes. El candado, cerrado, brillaba como una estrella.
Su padre suspiró, sonriéndole después mientras le revolvía el pelo y Julio, sorprendido, descubrió algo en aquellos ojos maduros y sabios.
A su padre sí le preocupaba el baúl.

Al día siguiente, Julio le preguntó a su abuelo qué contenía el baúl. El hombre le miró con cierta tristeza en sus ojos zarcos y acuosos, de mar agonizante.
-Sólo mis recuerdos, hijo –contestó.
En aquellos días, el abuelo aún no estaba muy grave, y la mayor parte del tiempo permanecía lúcido. Disfrutaba de aquél tiempo hablando con Julio y contándole sus aventuras de juventud, aunque ya entonces se notaban ligeras lagunas en sus recuerdos.
También le gustaba contar cómo había sacado a flote su empresa (ahora del padre de Julio), convirtiendo su triste trabajo de afilador ambulante en cinco prosperas ferreterías, con la representación exclusiva de un par de fabricantes de maquinaria agrícola bastante importantes. Pero, respecto a su trabajo, las lagunas eran mayores.
-Tuviste que trabajar mucho, ¿verdad, abuelo? –le preguntó un día Julio, sentado sobre la tapa del baúl.
El anciano sonreía, pero con una sonrisa cansada y amarillenta, como un mantel usado demasiadas veces, tendido a secar bajo demasiados soles.
-Sí, creo que sí –murmuró-. Dejé muchas horas y muchos recuerdos, mucha vida… en esa empresa.

El abuelo siguió en casa varios meses más. Durante ese tiempo, olvidó cómo vestirse, cómo usar los cubiertos o dónde vivía. En varias ocasiones salió a la calle solo y fue incapaz de regresar sin ayuda. Una vez llegó a la oficina de su hijo en albornoz, calzando las zapatillas de Miguel, que tenían forma de garra de dinosaurio.
Sin embargo, jamás olvidó cerrar el baúl con su candado de latón y guardar la llave en su gastada cartera de cuero marrón.
Cada día, Julio estaba más intrigado por el contenido del baúl, pero su abuelo siempre decía lo mismo; “Es el baúl de los recuerdos, hijo. Sólo el baúl de los recuerdos”
Poco antes de Navidad, la primera que el abuelo pasaría con ellos, el anciano sufrió un ataque. Fue de madrugada, y sus padres tuvieron que llevarle al hospital en coche, porque los de la centralita de urgencias les dijeron que no habría ambulancias disponibles en una hora.
-Eso significa que tardarán dos, como poco –se quejó su padre.
Así que le llevaron en el coche, dejando a Julio y Miguel solos.
-¿Qué hacemos ahora, Miguel? –preguntó Julio.
Miguel se encogió de hombros. Para él, la situación era tan nueva como para su hermano.
-Intenta dormir, canijo –dijo afablemente -. Ya me quedo yo al loro del teléfono.
-¿Se va a morir el abuelo?
Miguel sacudió la cabeza, contestando con un rápido “no, claro, que no”. Demasiado rápido, le pareció a Julio, como para ser convincente.
Julio le dejó en el salón y subió a su cuarto. Al llegar al descansillo se quedó mirando la puerta de la habitación del abuelo. Recordó la conversación de aquella mañana. Había vuelto a preguntar al abuelo por el contenido del baúl, y él respondió, como siempre, “mis recuerdos”.
-¿Cómo puede haber tantos recuerdos en el baúl, con la de cosas que a ti se te olvidan?-preguntó Julio.
El abuelo rió, encantado por el desparpajo y la curiosidad del niño.
-Pues por eso, hijo. Por eso.
Aquella conversación le había intrigado mucho, aunque a primera vista parecería de lo más simple, un sencillo intercambio de banalidades entre un anciano y un niño.
“A lo mejor”, pensó, “al abuelo se le olvidan las cosas porque se las deja en el baúl. Si encuentro la llave, a lo mejor puedo sacarlas y devolvérselas.”
Y así, guiado por la mejor intención y la más infantil de las lógicas, Julio entró en la habitación, cogió la llave de la cartera y entró en su propio cuarto.
Abrió el cerrojo, retirándolo y dejándolo en el suelo. Acarició la tapa, siguiendo con su rollizo dedo índice los contornos metálicos de los herrajes.
Recordó repentinamente el rostro asustado de su padre aquella noche, cuando le preguntó si le molestaba la presencia del baúl. Por eso, y sólo por eso, resistió la tentación de alzar la tapa.
Recordó otros momentos junto a su padre, rezando con él cada noche, antes de dormir.
-¿Tenemos que darle gracias a Dios por todo, papá?- preguntaba él.
-A Dios y al abuelo. Ellos nos lo han dado todo, hijo.
El abuelo, pensó Julio. Les había dado todo; trabajo, dinero, amor… sacrificando día a día su tiempo y, de alguna manera, sus recuerdos.
¿Pero cómo?, se preguntó, acariciando de nuevo el baúl.
No tenía respuesta, ni tenía allí al abuelo o a su padre para preguntarles, así que decidió recurrir a Dios. Se arrodilló frente al baúl – pudo hacerlo en cualquier otro sitio, pero lo hizo allí- y empezó a rezar en voz alta.
-Por favor, que el abuelo se cure. De verdad, por favor, quiero al abuelo y quiero que se cure. Perdóname si soy egoísta, pero necesito al abuelo-sollozó- Déjale que se cure y viva otro poco…
La tapa del baúl vibró, alzándose con lentitud.
Una luz negra y difusa, casi como hilos de niebla oscura y brillante, salió arrastrándose por el aire quieto. Una voz, un susurro amable y melancólico, le preguntó:
-¿Qué estás dispuesto a dar a cambio?

El abuelo se recuperó del ataque con rapidez. De hecho, el doctor calificó su recuperación de “milagrosa”. Desde luego, no fue un milagro. O al menos, no fue un milagro en el sentido estricto. Dios no tuvo nada que ver con ello. Y, aunque la Fuerza que obró el milagro no era exactamente un opuesto a Dios, tampoco estaba de su lado. Era completamente ajena a Él.
Quisieron celebrar la recuperación del abuelo con un viaje de fin de semana. El padre solucionó los asuntos importantes, delegó el resto en sus empleados y reservó habitaciones para todos en un hotel de Sevilla en el que habían estado el verano anterior.
-¿Te acuerdas de Isla Mágica, Julio? -le preguntó su padre.
-Lo pasamos de puta…-empezó Miguel-, digo, muy bien.
Su padre le dio una cariñosa colleja. Aquel día su buen humor era una fortaleza inexpugnable. Ni siquiera la sucia boca de Miguel podía estropearlo.
-Si. Claro. Muy bien – dijo Julio.
Pero, la verdad no tenía ni idea. No conservaba recuerdo alguno de aquellos días, ni de Isla Mágica. Pero lo consideraba un precio pequeño por la vida de su abuelo.

Las vacaciones fueron geniales, pero Julio se pasó los cuatro días como soñando, desconcertado, luchando para afianzar unos recuerdos que ya tenía, pero que había perdido.
Por su parte, el abuelo disfrutó enormemente, montó en casi todo y compró toneladas de chucherías, gorras, tazas y camisetas. Miguel y él llegaron a escaparse de la vigilancia paterna y montar en la lanzadera. El abuelo casi sufrió otro infarto, pero bajó riendo como un niño y palmeando la espalda de Miguel, que también parecía a punto de reventar de risa. Y Julio se sintió feliz y agradecido por aquellas horas de risa, de abrazos y algodón de azúcar. Por un tiempo de prestado. Por unos minutos comprados, y pagados muy caros.
“Ha merecido la pena”, pensó. Pero luego se dijo, ¿qué es lo que ha merecido la pena? No lo recordaba.

El abuelo murió un año después. Fue algo absurdo, en realidad, que no tuvo que ver con el Alzheimer. Un domingo por la mañana, casi a las siete. Sol carmesí elevándose sobre nubes finas, que huían prestas, robadas por un viento suave. El día perfecto para seguir viviendo.
El abuelo se levanto perfectamente lúcido, se afeitó y se acicaló como un dandy, cruzó tres calles, recorrió dos manzanas y entró en la churrería “El Castillo”. Compró churros para siete (para que hubiese de sobra, que ya bastante hambre había pasado de joven) y volvió a casa silbando “La Internacional”. Por el camino lanzó un piropo a una joven barrendera, que se perdió de vista sonriendo, desmigó un churro para las palomas del parque y decidió comerse él otro antes de que se enfriasen. La masa caliente se le pegó en la garganta y el abuelo empezó a toser. La saliva se le atragantó y su rostro enrojeció, mientras el aire se le escapaba.
Murió asfixiado absurdamente, a cien metros de casa. A esas horas no había nadie en la calle para ayudarle.

Durante el funeral, Julio trató de comprender. No entendía que, tras su sacrifico, el abuelo hubiese muerto de aquella forma tan estúpida.
Por eso le preguntó a su padre el por qué.
El eterno por qué. Por qué nacemos, por qué morimos. Por qué preguntamos lo que no tiene respuesta. Por qué estamos.
-Cuando seas mayor lo entenderás- fue lo único que supo contestar el padre, demasiado atónito por lo ocurrido como para reaccionar mejor. La muerte, aún la más esperada, desconcierta y vacía al ser humano, le despoja de raciocinio.
No entendemos por qué, para qué, morimos. Si toda nuestra vida tiene un objetivo, un motivo, ¿de qué sirve la muerte?
Pero Julio tampoco podía entender eso. Regresó a casa solo, y volvió a rezar ante el baúl. Quería entender y, según su padre, eso solo lo conseguiría al ser mayor. Pero no podía esperar tanto tiempo.
A no ser que…

Cuando Miguel, su padre y su madre llegaron a casa, encontraron al hombre desnudo en la habitación de Julio. El niño no estaba en casa, ni había rastro alguno de él. La puerta no estaba forzada, ni había signos de violencia, pero el niño no estaba, y aquel hombre desnudo de mirada vacía y desconcertada era la única persona de la casa.
-¿Quién es usted?¿Dónde está mi hijo?- gritó, enfurecido y desconcertado, el padre de Julio.

El hombre le devolvió una mirada bovina y vacía, como si no recordase ni su nombre, y luego miró el baúl de los recuerdos.

3 comentarios:

  1. Precioso relato, Compi. El mundo está lleno de baúles, supongo, pero por algo tienen esos preciosos cierres de latón. Me quedo reflexionando sobre el agradecimiento, el sacrificio,el inherente final del camino, y sobre la conveniencia de abrir baúles... Enorme, como siempre. Abrazote.

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  2. Respuestas
    1. Muchas gracias, espero que lo hayas disfrutado y vuelvas por aquí.

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Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

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