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sábado, 24 de marzo de 2018

EL MUNDO CAMBIA


EL MUNDO CAMBIA


-Venga, nena -dijo Manuel con voz suave-, ya es hora de dormir.
Tocó la pantalla del dispositivo domótico de su muñeca, apagando el modo proyector que usaba para mostrar, cada noche, un cuento a la pequeña.
-Jo, papá. Yo quiero saber si Rincewind y Doscaras encuentran dragones.
Lo dijo con voz soñolienta, pero con ese rápido aleteo de pestañas sobre sus ojazos azules que siempre hacía vibrar de puro amor el corazón de Manuel.

-Mañana seguiremos, cielo. Un poquito cada noche.
Se levantó de la cama, tapando a Rebeca hasta el cuello mientras ella hacía un encantador mohín de disgusto fingido. “Atenuar”, susurró Manuel para que las luces bajasen su potencia.
-María nos ha contado en clase que antes se leían cuentos en papel.
-Así es. Tu abuela me los leía cada noche.
-¿Pero cómo era el papel?
Manuel sonrío con nostalgia. El mundo había cambiado mucho, y muy deprisa. A veces parecía imposible adaptarse, aunque él lo intentaba. Cada día. Dios sabe que lo intentaba.
-El papel... era una lámina tan fina como las pantallas portátiles que usáis en el colegio. Pero estaba hecha de árboles, y tenía un tacto más de verdad. Había papeles gruesos, de celulosa y hasta de algodón, y acariciarlos era como tocar la corteza de un árbol. Y olían... bueno, nada huele como un libro. Cuanto más viejos y usados estaban, más olor a libro tenían. Nada huele como un libro.
La niña se incorporó un poco, sacando sus finos dedos para agarrar el borde de la sábana. Manuel había notado que en las últimas semanas costaba mucho que se durmiese a su hora. Rebeldía infantil. No, se dijo apenado. Pronto será rebeldía adolescente. Demasiado pronto, demasiado deprisa. El mundo cambia.
-Pero María dice que eran malos para la naturaleza.
Manuel se sentó otra vez al borde de la cama, acariciando el fino cabello castaño de su hija, tan suave, tan sedoso, tan igual al de Marta, su madre, que aquella noche tenía turno en el hospital donde era enfermera. A ella se le daban mejor ese tipo de cosas. Rebeca tenía mucho más de su madre que de su padre, y él lo agradecía. Marta era lo mejor de su vida.
-Bueno, sí. Había que talar árboles para hacer papel, y muchas cosas que ahora se hacen por email y se almacenan en servidores, estaban en papel. Es irónico, porque el papel estaba hecho de árboles y fibras vegetales, y las tintas, sobre todo al principio, se fabricaban también con vegetales y minerales. Teníamos que robar cosas a la naturaleza para hacer los libros.
Los ojos de Rebeca se quedaron prendidos en el vacío, su brillo apagado durante unos instantes. Siempre ocurría cuando pensaba muy concentrada, como si almacenase un nuevo conocimiento o buscase otra pregunta en el fondo de su mente. A Manuel le daba algo de miedo aquella mirada vacía, aquella inquietud excesiva que llevaba a preguntas incómodas. “Crece demasiado deprisa”, se dijo. Como cada noche. El mundo cambiaba demasiado rápido.
-Quiero saber cómo es -dijo Rebeca unos segundos después-, quiero tocar papel y oler papel, papá.
Manuel se levantó, acariciando suavemente la mejilla de la niña.
-Eso es imposible, cielo. Casi no queda, y el que hay está en las bibliotecas, y las leyes prohíben que cualquiera pueda usarlo o verlo.
-¿Por qué?
“Porque controlan lo que leemos y vemos. Porque el orden y la paz necesitan control. Porque si preguntamos demasiado, aprenderemos demasiado.”
No lo dijo en voz alta. Un buen padre no lo haría. Un buen padre educaría a su hija en la tranquilidad, en la aceptación del orden establecido, y en la colaboración con ese orden. Paz, control. Sumisión, dijo la parte aún joven y rebelde de su mente. La parte que conoció un mundo diferente.
-Porque ya tenemos todos los cuentos que necesitamos en las redes, boba. Y ahora tienes que dormir.
“Dormir, y no preguntarte cosas. Dios, cómo echo de menos leer un periódico. Poder comprar el periódico que yo quiera. Cómo ha cambiado el mundo”
-No quiero dormir, papá -otra vez esa rebeldía. Un tono seco, que no aceptaba discusión. En eso había salido a él, eran sus genes los que sacaban la cabeza y se reflejaban en la voz de Rebeca-, quiero que me cuentes más de los viejos tiempos.
-Borra eso de tu cabeza -ordenó Manuel, asustado por la insistencia de la niña.
Tenía que evitar que siguiese con esas preguntas. Era malo que las hiciese en casa, pero sería peor aún que las hiciese en el colegio o los grupos extraescolares.
-Borra eso de tu cabeza -repitió en tono seco y duro.
La mirada de Rebeca volvió a perderse en un infinito que él no veía, y sus pupilas se contrajeron y dilataron durante unos segundos. Manuel respiró hondo, esperando que su orden fuese obedecida. Cuando Marta regresase a casa tendrían que hablar del tema. Necesitaba que ella le ayudase a decidir si debían llevar a la niña a un especialista. Las cosas iban demasiado deprisa para él.
Pero eso sería al día siguiente. Por ahora, había controlado la crisis. Cuando los ojos de la niña se enfocaron de nuevo y su sonrisa dulce volvió a adornar su rostro, Manuel pensó que era hora de retirarse. Dio un suave tirón al lóbulo de la oreja derecha de Rebeca, sonriendo mientras ordenaba.
-Modo sueño. Pasar a modo vigilia a las siete treinta.
De inmediato la niña cerró los ojos y su respiración pasó a ser más profunda y tranquila. Estaba dormida. Manuel apagó la luz con otra orden vocal y se fue a su habitación, pensando que las desventajas de aquél mundo cambiante y controlado eran muchas, pero que también lo eran las ventajas. En su infancia habría sido imposible tener una hija mejorada, un ciberorganismo con la carga genética de sus padres que su esterilidad le habría impedido transmitir de forma natural, y las ventajas cognitivas de una máquina. Joder, en su infancia ni siquiera podían soñar con ello.
El mundo cambia.

15 comentarios:

  1. Joder, qué miedo. Me encanta y aterra a la vez. Es algo que siempre consigues.

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    1. Muchas gracias, el objetivo es ese, y lograr vuestra compañía, por supuesto.

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  2. Qué tristeza,xD!!!

    Pero muy bien contado.
    Gracias por compartir tu relato con nosotros.
    Me ha gustado.
    Un saludo, majo.

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  3. Lo peor de todo es que es muy verosímil. Probablemente en un futuro mediato, las cosas funcionen así de mal y de tristes.
    Por eso el cuento es bueno.

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    1. Gracias, compañero. Por leer, por opinar, por apoyarme. Creo que sí, que es terriblemente posible.

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  4. Esta vez no me dio miedo. Aunque sí, tristeza. Mucha. Ojalá te equivoques y no lleguemos a la ausencia de papel, o los hijos "mejorados". Besos, amigo.

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    1. Espero equivocarme, desde luego. Aunque no parece probable, el tiempo nos lo dirá. Por ahora me satisface haber despertado sensaciones en vosotros. Un gran abrazo.

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  5. Me gusta la ternura que refleja el padre. Es muy real. Y la naturaleza se abre paso, como en Jurassic Park. Algo ocurrirá con la niña.

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    1. La vida se abre paso... sí, es un concepto genial. Un concepto hermoso, gracias.

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  6. Guauuuu realmente nos pones a pensar en todos esos avances, si se que todo cambia pero al leerlo así sí que asusta. Muy bueno y se siente algo real

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    1. Muchísimas gracias. Buscar esa realidad o esa verosimilitud que nos pueda inquietar es el objetivo, y un placer compartirlo con vosotros.

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  7. Excelente. Otra historia comienza en mi mente cuando termino Dr leer esta. Es tu magia Dr escritor.

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    1. Mil gracias. La magia existe porque la compartimos, y todo lo que pueda tener de ella me lo regaláis con vuestra presencia y comentarios. Gracias de verdad.

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  8. El gesto del tiron al lóbulo de la oreja, como el de las lámparas antiguas es simplemente genial. El trasfondo estremecedor. Espero que no llegue ese momento o que seamos capaces de correr más rápido para huir de esa sociedad de borregos.

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    1. Me parecía un gesto a la par funcional y emotivo, así que resultaba adecuado. Lo de correr más rápido, ojalá, aunque no parece la elección de esta sociedad.

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Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

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