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viernes, 19 de enero de 2018

Una pequeña fantasía de Jonathan Silencio



Hace ya algunos años que peleo, más o menos seriamente, por contarte historias que merezcan la pena, paciente lector. 
Un trabajo imposible sin ayuda. La tuya y la de un montón de gente buena que he ido encontrando por el camino. 

De entre esa gente, quiero hoy mencionar a Felipe y Gerardo, administradores de la (por desgracia) extinta página Fantasía Austral. Tuve la gran suerte de conocerles más o menos ne la época de publicación de la primera novela de Jonathan Silencio, "De ilusión también se muere", y me mostraron su apoyo desde el primer momento, difundiendo en su página mis relatos. Dada la calidad de lo que publicaban -artículos, relatos, traducciones, guías...- fue una sorpresa y desde luego un orgullo. 
Con el paso del tiempo quise que Silencio interactuase con ellos en forma más vital, y escribí un pequeño caso, el que viene a continuación, que sólo se publicaría en Fantasía Austral. La versión que vas a leer, paciente lector, si me regalas un poco de tu tiempo, es el primer borrador. La redacción definitiva pasó por el fabuloso filtro de estos amigos y quedó mucho, mucho mejor. Hace ya tiempo que cerró la página y me parecía triste que el relato se perdiese. Nunca lo comercializaré, desde luego, pero creo que es un buen homenaje a esa gente que tanto me ayudó y un cuento que puede entretenerte. Y después de todo, de eso va la cosa. Entretenerte y agradecerte tu presencia. Así que vamos a por ello. 







UNA PEQUEÑA FANTASIA CASI AUSTRAL

Mi nombre es Jonathan Silencio, y soy vuestra última barrera contra la locura.
Ése es mi trabajo, ése es mi talento; me enfrento a seres en cuya existencia otros no creen, defiendo a la gente normal de espectros, vampiros y cualquier otra criatura que pueda amenazarles desde el lado preternatural del mundo.
Suelo cobrar bien por ello.
A veces mis clientes encuentran mi nombre –el nombre de un personaje literario de Algernoon Blackwood, que tomé prestado hace tiempo- en las Páginas Amarillas o en los anuncios de los periódicos. Otras veces, el boca a boca es lo que les lleva hasta mi. En este caso, había sido contratado por un coleccionista privado chileno, un editor de literatura fantástica que viajó a España para adquirir cierto objeto de colección.
Me llamó por teléfono desde Mérida, donde había viajado para entrevistarse con la viuda del escritor Francisco Cernuda, famoso por sus relatos y novelas cortas de terror, recientemente fallecido y del que se decía en los mentideros literarios que estaba loco. Incluso corría una cierta leyenda según la cual, el escritor muerto había pactado con el diablo el cambio de su alma por una capacidad mágica de escribir, de reflejar el terror de una forma tan novedosa y realista que escapaba de lo humano. Algo de sospechoso había en todo ello, puesto que la muerte de Francisco Cernuda ocurrió cuando varios perros salvajes le atacaron en los terrenos de un viejo manicomio, restaurado como hotel pocos años antes, donde se documentaba para su nueva novela.
Mi cliente se presentó como Arturo Lima, un nombre de falsedad evidente para quienes hemos leído un poco. Yo era buen conocedor de la obra de Cernuda, mi segundo escritor de terror favorito tras Esteban Díaz, y desde luego de Bolaño, por lo que sonreí de medio lado cuando el editor se presentó así. También él soltó una breve carcajada al usar yo el nombre de J. Silencio, y eso estableció ya a través del teléfono una corriente de simpatía entre nosotros.
Me contó que había negociado con la viuda de Cernuda para adquirir su pluma, una sencilla pero sólida Parker 51 que usó siempre en sus manuscritos. Según la naciente leyenda, esa pluma mágica fue un regalo de Satanás. La cuestión es que Lima se sentía vigilado desde que se entrevistó con la viuda Cernuda, y quería que yo fuese su guardaespaldas hasta que abandonase el país.
Un trabajo sencillo.

Nos citamos en el Serendipity, un local de tapas muy cerca del Museo Nacional de Arte Romano. Un sitio agradable y tranquilo, desde cuya terraza pude vigilar el entorno, y que gracias a la afluencia de visitantes al museo y la existencia de varios locales cercanos me garantizaba la seguridad de un lugar público. Esperé sentado en la terraza, con el respaldo de mi silla apoyado en la pared, flirteando un poco con la camarera. Mi cliente apareció a la hora señalada. Le reconocí por una fotografía que me había enviado al móvil y alcé la mano para llamar su atención.
Era un tipo relativamente joven, de larga melena castaña y vestido con una camiseta en la que, junto a una ilustración que representaba una especie de pulpo con mirada maligna, podía leerse el texto “Vote Cthulhu; at least, he admits he is evil”. No parecía una idea descabellada si uno leía un par de periódicos al día.
Nos estrechamos la mano y se sentó, dejando sobre sus rodillas la mochila que portaba. Su voz me recordaba la de Mario Castañeda. Brevemente me explicó que se había entrevistado con la viuda Cernuda en un par de ocasiones, cerrando la compra de la pluma. La mujer parecía casi ansiosa por deshacerse de ella, me dijo. Miró a un lado y a otro antes de sacar una pequeña caja rectangular, de madera labrada a mano con figuras demoníacas que recordaban los grabados de Blake, y la abrió para enseñarme la pluma. Sus manos temblaban de emoción, aunque el instrumento parecía lo que era. Una Parker 51 dorada y negra. Sin embargo, no necesité mi visión de segundo plano para sentir la vibración de energía que emanaba. Algo tenía de mágico, no cabía duda.
-Sentí que me seguían la segunda vez –me explicó- y creo que desde entonces me vigilan. Anoche recibí una llamada al hotel, y un desconocido me ofreció comprarme la pluma. Cuando me negué a toda negociación, el tipo me dijo que me arrepentiría y colgó.
-Parece usted asustado.
-Si hubiese escuchado su voz, también usted lo estaría.
Asentí mientras daba unas caladas al cigarro. Pasé a mi visión especial, usando esos segundos de pausa para adaptarme a la líquida luz del otro lado, y miré la pluma otra vez. Parecía envuelta en una nube de fuego, brillante al rojo blanco. Joder, era algo serio. Como por aburrimiento, paseé mi mirada por la larga calle. A unos metros de nosotros, en la terraza del Maya, tres clientes llamaron mi atención. Uno de ellos era un tipo enjuto, con la cabeza afeitada y vestido con un llamativo pantalón rojo, casi carmesí, y camisa a juego. Sus manos se cerraban sobre una copa de vino tinto como si cada dedo fuese una culebra viva, y sus crueles ojos me hacían verle como un tipo capaz de pisotear a un cachorro de perro sólo por diversión. Los dos acompañantes tenían aspecto de figurantes en una serie policíaca. Figurantes del lado malo.
-Por supuesto –dije a Lima–, acepto el trabajo. Mis honorarios serán los que le dije por teléfono, y le garantizo que estará protegido hasta que su avión levante el vuelo.
Suspiró con evidente alivio.
-A la vena, le diré que temía que me rechazase. Creo que son gente bien peligrosa.
Sonreí.
-Yo también soy peligroso. A partir de ahora, haga exactamente lo que yo le diga, y cuando yo le diga.
-Está bien -dijo–. ¿Por dónde empiezo?
Hice un gesto para llamar la atención de la camarera.
-Empiece por pagar la cuenta.

El siguiente paso era librarnos de nuestros perseguidores. Respondiendo a mis preguntas, Lima me explicó que tenía un coche de alquiler en su hotel y que no había pagado aún la habitación, donde aún estaba su maleta. Los objetos importantes –documentación, billete de avión, su portátil y la pluma– estaban en la mochila. Le dije que los trámites relativos al hotel y el coche los haríamos más tarde por internet, y que nos largábamos de Mérida en ese mismo instante. Fingimos una pequeña discusión, nada muy escandaloso, y me levanté enfadado, haciendo gestos negativos. Me alejé de la mesa y giré a la derecha por la calle Hernán Cortes, donde tenía aparcado mi coche, mientras Lima pedía otra cerveza a la camarera. La idea era hacer creer a los malos que él estaba solo y que pensaba quedarse un rato. Habría sido mejor actuar de forma más discreta, haciéndole salir por la ventana del local que da a Hernán Cortes, pero hay barrotes en todas ellas, así llegué hasta mi coche.
Abrí el maletero, saqué de mi mochila un par de pegatinas del tamaño y aspecto de placas de matrícula, cada una con un número diferente, y cubrí las verdaderas.
No es un truco que engañe a policías u observadores avezados, pero cualquier testigo casual que me viese en los próximos minutos quedaría despistado. Además es muy difícil que alguien se fije en la placa delantera y trasera, así que el truco me garantizaba una cierta capacidad de camuflaje.
Satisfecho, me senté al volante, arranqué y giré, frenando bruscamente junto a la mesa. Lima se levantó, lanzó un billete y saltó deslizándose sobre el capó con la mochila bien agarrada, entrando por la puerta del pasajero mientras yo salía a toda velocidad. Los acompañantes del tipo de rojo se levantaron rápidamente y él les detuvo con un gesto cuando metían sus manos bajo las chaquetas. La sonrisa de Líder Rojo habría tensado las mejillas de una calavera.
-¡A lo comando! –gritó Lima entusiasmado.
El tipo me caía bien y reímos juntos mientras giraba por Pontezuelas, giraba en Lopez Puigcervé esquivando a un par de peatones y, ya en una zona con pocas casas y sin cámaras de seguridad a la vista, detenía el coche. Me bajé y arranqué las pegatinas, arrojándolas hechas una pelota en el arcén, entre las malas hierbas.
Cuando volví a entrar en el coche, Lima tenía en sus manos una pluma y una libreta Moleskine. Estaba escribiendo “Semáforos en verde”.
-¿Qué se supone que hace? –pregunté mientras aceleraba de nuevo.
-Estoy probando mi nueva adquisición. Si la magia que contiene es cierta, no veremos luces rojas en todo el trayecto.
-Si la magia que contiene es cierta –objeté– acaba de lanzar una bengala que señala nuestra posición para cualquiera con sensibilidad preternatural.
Miró al frente, tragando saliva.
-No había caído en la cuenta.
-Haga lo que yo le digo, cuando yo le digo. Ni más ni menos.
-Está bien, bady.
Pocos minutos después abandonamos Mérida tras cruzar un montón de semáforos en verde, lo que provocó la sonrisa de Lima y algunas alusiones a la “Pluma del destino” e iniciamos las tres horas largas de viaje que nos separaban del aeropuerto con cierto optimismo. Un error por nuestra parte.

Habíamos recorrido unos cincuenta kilómetros por la autovía, dirección Madrid, cuando el todoterreno negro apareció en mi retrovisor. Era un vehículo grande, con los cristales tintados, y avanzaba a toda velocidad sin que pareciesen preocuparle radares o Guardia Civil de Tráfico. Por otra parte, la larga y recta carretera aparecía casi desierta, así que esa falta de precauciones parecía justificada.
Pasé a mi visión de segundo plano y giré la cabeza. Por algún motivo, esa visión no funciona bien en los espejos.
Un aura carmesí rodeaba casi por completo el vehículo, coloreando el aire con nubes de color rojo casi transparente, más densas y pesadas en el lado izquierdo. Supuse que Líder Rojo se sentaba en la posición de copiloto mientras uno de sus secuaces conducía.
Aceleré, pero mi coche no podía competir en velocidad y potencia con el todoterreno. Nos alcanzarían en unos minutos.
-Tenemos problemas, Lima. Pasa a la parte de atrás, túmbate en el suelo y cúbrete lo mejor que puedas.
Obedeció sin rechistar mientras yo seguía pisando el acelerador. El vehículo negro estaba cada vez más cerca, creciendo en mi espejo.
Alcancé a un camión que circulaba a unos noventa kilómetros hora, levantando el pie del acelerador mientras me acercaba. Pensé que nuestros perseguidores no querrían testigos y que resultaría seguro quedarme a la vista del camionero. Me equivoqué.
El todoterreno negro nos alcanzó y empezó a adelantarnos, colocándose a nuestra altura. Entonces el cristal derecho trasero bajó y uno de los sicarios nos apuntó con algo que se parecía demasiado a un MP5. Unos tres kilos de cacharro capaz de disparar ochocientas balas por minuto con cargador de treinta cartuchos. Una putada.
Pisé el freno mientras Rojo Dos disparaba. Las balas se perdieron en el aire vacío y el conductor del todoterreno, al que bauticé como Rojo Tres en mi mente, frenó mientras Rojo Dos sacaba la cabeza y el MP5 por su ventanilla. Reduje la marcha, aceleré y adelanté al todoterreno, girando el volante a la izquierda para cambiar de carril antes de chocar con la parte trasera del camión. Por un pelo. Siguieron disparando, destrozando la ventanilla trasera y alcanzando el remolque del camión. Iban muy en serio.
-¡Hijoputas baisires de mierda! –gritó mi cliente.
-¡Agacha la puta cabeza! –respondí.
El camionero aceleró, supongo que acojonado por la situación, y yo metí quinta. Mi coche saltó hacia delante, salpicado por la lluvia de balas que se interrumpió unos segundos después. El tipo estaba reponiendo el cargador de su hierro, pero Rojo Tres ya me empujaba con su parachoques delantero. Adelantamos al camión, que frenó y se echó al arcén. Supuse que llamaría a la poli, pero si me paraba a esperarles lo único que podrían hacer por mí sería una buena autopsia.
Sujetando el volante con la izquierda, saqué mi revólver y apunté hacia atrás, pasando mis ojos de la carretera al retrovisor alternativamente.
-Mantén la cabeza gacha.
Mi consejo era innecesario, porque Lima se había fusionado con las alfombrillas. Pensé que al retirarlas encontraría el relieve de su rostro en ellas como una estatua de carbonita.
Disparé cuatro veces, de forma pausada, y alcancé el cristal delantero con una de mis balas. Reventó, dejando al descubierto al tipo calvo de rojos ropajes y su desconcertante sonrisa. Mientras el secuaz recargaba de nuevo, él me apuntó con el índice, levantando el pulgar como si fuese un niño simulando una pistola, y sus finos labios se movieron en un “Pum”. El gesto habría sido cómico de no ser por la pequeña bola de fuego que salió de su dedo, impactando contra la parte trasera de mi coche.
-Su puta madre... –dije mientras el vehículo se incendiaba.
Avancé un par de kilómetros más antes de encontrar un desvío que daba al polígono industrial de no sé qué pueblo. Recé porque el lugar estuviese vacío, dado que era casi la hora de comer. El todoterreno cogió la salida justo detrás y disparé el resto de mi cargador, aunque sin ver dónde apuntaba por la cortina de humo y llamas que, como la estela de un cometa moribundo, seguía al coche.
El ruido del motor, el rugido del incendio y la rítmica canción de las balas atronaban el mundo. El fuego había saltado ya a los reposacabezas del asiento trasero, así que no teníamos tiempo para mucho. Por el retrovisor exterior vi que habíamos ganado algo de ventaja a nuestros perseguidores. El mago carmesí tenía la mano derecha sobre el hombro izquierdo, pero el color de sus ropas me impidió estar seguro de haberle alcanzado.
Crucé la verja cerrada de la primera nave que encontré en el polígono, pisando el freno. Una detonación seca me indicó que alguna de las ruecas había reventado, seguramente incendiada. El coche derrapó y contravolanteé, tratando de mantener el control. Avanzando de lado, con las llamas envolviéndonos, chocamos contra la pared de la nave, atravesándola en un caos de chapa arrugada, cristales rotos y llamas rugientes.
Aturdido pero consciente, me quité el cinturón, salí del coche y abrí la puerta de atrás. Lima se arrastró fuera aún aferrado a la mochila mientras yo recargaba mi arma.
-Vámonos de aquí, a toda leche –ordené.
Mi cliente sangraba por un corte en la frente y el calor había chamuscado las puntas de su melena, pero por lo demás parecía bien. Me siguió a la carrera mientras yo trataba de ubicarme.
Parecía algún tipo de industria cárnica, tal vez un matadero. El olor a carne muerta y sangre seca era denso y empalagoso como un chicle de barro, y la estancia donde nos encontrábamos estaba ocupada por contenedores llenos de huesos, vísceras y otros subproductos cárnicos. Un asco.
A un par de metros a la derecha de nuestro vehículo, la pared desapareció en un estallido, y un segundo después el todoterreno negro cruzó el agujero, frenando bruscamente. Por suerte para nosotros, el suelo estaba lleno de grasa animal y las ruedas no tenían dónde agarrárse. El coche derrapó y chocó contra uno de los contenedores. Vi cómo el tirador se bamboleaba en su asiento. Aproveché la oportunidad y apunté con calma. Tuve tiempo de disparar cuatro balas contra la ventanilla abierta, y dos flores rojas brotaron en el pecho del sicario. La tercera baja impactó en el marco de la ventanilla, y la cuarta borró la mandíbula del tipo en un fogonazo rojo y sucio.
Me giré y corrí junto a Lima, que casi llegaba ya a una puerta abierta. Por el mobiliario que se intuía, era una pequeña oficina. Esperando que tuviese salida al otro lado, corrí tras él.
Antes de llegar una ráfaga de viento cálido y seco nos arrojó al suelo, cerrando la puerta con tal fuerza que el marco de aluminio se abolló, y oí la risa del mago, seca y leve. Estábamos encerrados.
-No te levantes –dije– y arrástrate tras el contenedor.
Lima obedeció, reptando sobre el grasiento piso. Nos reunimos detrás de uno de los apestosos contenedores y recargué una vez más.
-Entregadme la pluma.
Me asomé. El mago y Rojo Tres estaban en pie, a cubierto tras otro de los contenedores. La cabeza del mago era visible, y la luz de una lámpara justo encima de él le maquillaba de sombras móviles, vivas y terribles. También pude ver sus hombros. Estaba claro que una bala le había alcanzado, pero no parecía preocuparle. Ni siquiera sangraba. Su sicario asomaba por el lateral, apuntándonos con un MP5. Lanzó una ráfaga corta contra nuestro contenedor, para remarcar la fuerza de su posición.
-Estamos jodidos, budy.
-Tranquilo, Lima. Le dije que llegaría vivo al aeropuerto.
-¡Pero ese tipo es un hechicero, y va a matarnos!
-En ese caso, no le cobraré nada.
Mi voz transmitía una seguridad que no sentía, y me encontré pensando, no por primera vez en mi carrera, que cien euros al día más gastos no justifican según qué esfuerzos.
-Se os ha acabado el tiempo, estúpidos –dijo el mago.
-¡Pero si ni siquiera has contado hasta tres o algo! –protesté.
La voz del mago se alzó, y noté cómo la temperatura bajaba en toda la estancia. Sus palabras resultaban ininteligibles, apenas un montón de vocales y consonantes revueltas como dados en un cubilete que sonaban como “Zee-Deen-Geer-Kee-Ya-Kan-Pa nfggaah Chutulhu” o algo así.
-Ya no se respetan los métodos clásicos –protesté.
-Klaatu... –dijo mientras el aire empezaba a vibrar.
Lima abrió mucho los ojos. Significase lo que significase, él conocía esas palabras. Y no le gustaban.
-Barada... –continuó el mago rojo.
Antes de que terminase me asomé por encima del contenedor y disparé todas mis balas contra la lámpara. Gracias a una mezcla de suerte y talento alcancé la pantalla cónica, que cayó sobre el contenedor en una lluvia de chispas azules, distrayendo a nuestros enemigos.
-¡¿Niiikt... nikte?!
Me arrojé al suelo junto a mi cliente mientras el MP5 escupía plomo nuevo.
-De puta madre. Creo que le he estropeado el hechizo.
-Con los hechizos eso nunca es de puta madre –opinó Lima-, los resultados son imprevisibles.
-Si la cosa no sale como él quiere, malo no ha de ser –dije mientras recargaba otra vez.
El contenedor tembló con un leve traqueteo metálico. El hediondo olor creció, y un ruido húmedo surgió del interior como si algo se moviese dentro.
-¿Está seguro de eso, Silencio? –dijo el chileno.
-Hombre... esto no es una ciencia exacta, tampoco.
Algo parecido al cráneo de una vaca asomó por encima del borde. Mientras nos arrastrábamos sobre el trasero para alejarnos, el cráneo se elevó lentamente, sujeto por un montón de carne, vísceras prietas que formaban un remedo de cuerpo humanoide, sujeto por huesos de un extraño amarillo rosáceo y porciones de carne roja y reseca.
-¿Qué demonios es eso?
-Es –informe en tono sereno– lo que la Guía de Espíritus Tobin llamaría un “constructo”.
-¿Un golem? –dijo alucinado.
-Viene a ser lo mismo.
No perdí el tiempo. Disparé contra el cráneo vacuno. La cosa siguió alzándose. Después, ignorando tranquilamente mis balas, apoyó uno de sus brazos en el borde del contenedor y pasó una pierna por encima, escurriendo sangre y grasa a su paso. El otro brazo terminaba en una columna vertebral, tal vez de vaca o de cerdo, que se balanceaba al ritmo de sus movimientos. Salió por completo, cuatro metros de hamburguesa viviente y mal picada, y lanzó un latigazo con su brazo-columna que me obligó a encoger los pies.
-Me encargo yo –grité mientras me levantaba y corría hacia la derecha.
El sicario aprovechó mi descubierta para lanzarme una nueva ráfaga, y me tiré de bruces deslizándome hasta el siguiente contenedor. Una bala rozó mi pantorrilla, pero ignoré el escozor y disparé a ciegas mientras me deslizaba. Fallé. Esos disparos a lo loco sólo salen bien en las películas.
La criatura caminó hacia mi, pesada y lenta como la digestión de una vaca empachada. Cubierto por el contenedor y sentado en el suelo, disparé contra su pie, tratando de retrasarla. El MP5 seguía tableteando, impidiéndome abandonar mi refugio.
El primer trallazo de aquél látigo de huesos se dirigió a mis piernas, y las abrí de golpe. Lanzó un barrido contra mi cabeza, que esquivé dejándome caer de espaldas. Saltó sobre mí, tratando de pisarme el pecho, y rodé hacia un lado. Saqué de su funda mi daga Matamuertos, un objeto mágico que ya me había sido útil en luchas parecidas, y lo clavé en su brazo derecho. La ráfaga blanca que siempre acompaña los golpes de mi cuchillo se convirtió esta vez en una estela carmesí y un dolor lacerante me recorrió el brazo. El mago rojo se rió de nuevo, más fuerte esta vez.
Dediqué un par de segundos a sorprenderme. Fueron suficientes para que el constructo me alcanzase con un gancho, haciendo que mis pies se separasen del suelo. Caí dentro del contenedor.
El golem me alcanzó con su látigo de hueso y lancé un bramido de dolor. No aguantaría muchos golpes así. Salté fuera, para encontrarme frente al MP5. Supe que no tenía oportunidad, que había fallado. No podía moverme tan rápido como para esquivar las balas, así que alcé el revólver para al menos, tratar de morir matando. Disparamos al mismo tiempo y esperé el mordisco del plomo ardiente, pero un nuevo latigazo en mi cadera me sacó volando de allí. El constructo me había salvado la vida.
Sin respiración y con la pierna entumecida por el golpe, aterricé justo al lado de Lima.
-¿Cómo lo bailamos? –me preguntó.
Coloqué la daga entre mis dientes para liberar mis manos y poder recargar.
-Famos fien –respondí–, faltan alfunos detalles del plan...
El constructo caminaba de nuevo hacia nosotros. Asomé la cabeza para ver cómo estaban las cosas fuera. El tirador recargaba su MP5 mientras el mago, cruzado de brazos, sonreía como una hiena feliz.
-Vale –dije cogiendo la pistola con una mano y la daga con la otra-, este es el plan. Yo me tiro a por la hamburguesa andante, le doy unos palo y mientras, tú sacas la pluma del destino, escribes algo ingenioso en esa libreta tuya y vemos si así lo matas.
-¿Cómo qué?
-No sé... improvisa, desintégrale o algo.
Me levanté y corrí hacia el bicho, disparando de nuevo contra los dos humanos, al menos para evitar que el del MP5 me cosiese. El constructo alzó su látigo y me tiré de rodillas, deslizándome hasta chocar contra sus piernas, acuchillando hacia arriba una y otra vez. Sentí que su mano se cerraba sobre mi cabeza, casi envolviéndola por completo, y cómo me alzaba del suelo con facilidad. De esta no sales en pie, me dije.
Entonces, la cosa de carne estalló como una hamburguesa llena de petardos. Salí despedido de nuevo, perdiendo pistola y cuchillo por el camino, y volé varios metros hasta caer en un revoltijo de carne, huesos y líquido apestoso. Aturdido, me pasé la mano por la cara y escupí la hedionda miasma que llenaba mi boca. Me limpié los ojos y, al abrirlos, vi que todo el almacén estaba salpicado de trocitos de carne y hueso. El tipo de la MP5 estaba en el suelo, cubierto de mugre, y con un plano hueso que supuse paletilla de cordero clavado en la frente. En cuanto al mago rojo, corría como un loco hacia el hueco abierto en la pared de la nave.
-Joder... –dije.
Arturo Lima salió de su refugio tras el contenedor y se puso a mi lado mirando primero el entorno y luego el uno al otro. Pese a su pelo chamuscado y algunas manchas de grasa, estaba impecable comparado conmigo. Sonreía, encantado por la experiencia, y tenía en su mano una hoja de papel. La cogí, leyendo lo que había escrito.
-“El golem de carne explotó como una piñata y uno de los trozos de hueso se clavó en la cabeza del sicario, matándolo de inmediato”. Vale. Pero podrías haberles desintegrado a todos en lugar de arrojarme a diez metros y ponerme perdido de carne, digo yo.
Se encogió de hombros.
-No sé... lo de la explosión y el hueso me resultó muy épico.
-¿Épico?
-Épico.
-Bueno –dije, escarbándome las orejas para retirar unos trozos de carne-, intentemos a partir de ahora ser más funcionales que épicos.
Asintió. Me asomé al exterior para asegurarme de que el mago no acechaba. Montamos en el todoterreno, que aún tenía las llaves puestas, tras recoger el MP5 del muerto y retirar el cadáver del asiento de atrás.
Esa fue la parte más desagradable para mi cliente. También para mí. No tengo mucho problema en devolver a la tumba a quienes han salido de ella, pero enviar gente por primera vez siempre me jode. Aunque sean los malos. Matar a un humano no es fácil, jamás.
Me limpié lo mejor que pude con la chaqueta de uno de los muertos y continuamos viaje. Terminé de adecentarme en una estación de servicio, donde pudimos lavarnos bien y ponernos ropa limpia, aunque el empleado nos miró mal al salir.
Llegamos sin novedad al aeropuerto. Yo esperaba algún ataque por parte del hechicero, ya que no son gente que se asuste con facilidad.
-Quizá tenga miedo de la pluma –conjeturó mi cliente.
-Ahora mismo, hasta yo tengo miedo de la pluma. No me extraña que el escritor tuviese tanto éxito.
-Desde luego, aunque él no convertía sus relatos en realidad, o el mundo estaría plagado de monstruos.
Nos dirigíamos ya a la puerta de embarque, tras sortear el control de seguridad gracias a mi falsa placa de policía.
-Bueno, supongo que controlaba su magia y se limitó a dotar de realismo esos relatos, usar una especie de hechizo de empatía para que el lector los sintiese como reales. Y créame, el mundo está plagado de monstruos.
Asintió. Su experiencia le había demostrado que la magia existe más allá de los relatos y que los monstruos no necesitan ser imaginados para caminar entre nosotros; también, esperaba yo, le enseñó que merece la pena luchar contra ellos, que tenemos herramientas para hacerlo, y que rendirse no es nunca la mejor idea. Nos estrechamos la mano cordialmente, intercambiamos una sonrisa y dejó en mi mano un sobre con la paga por la misión.
-Nos vemos, Silencio.
-Nos vemos, Lima.

Tras dejarle a salvo en la puerta de embarque entré en los aseos. Hasta los detectives resucitados tenemos que vaciar la vejiga de vez en cuando.
Al entrar escuché un murmullo tras la puerta del segundo retrete. Algo que sonaba a dados rodando en un cubilete.
Acerqué el oído a la puerta justo a tiempo de escuchar unas palabras conocidas.
-Klaatu Barada...
Arremetí contra la puerta sin pensar, empotrando al mago rojo contra la pared de enfrente. Su concentración se rompió y la última palabra del conjuro salió en un borboteo confuso.
-Nieeektaaaaah...
Le cogí por las orejas, golpeando su cabeza contra la taza del retrete una y otra vez, hasta que se partió. La taza, la cabeza era más resistente de lo que parecía.
Apoyé su cuello en la parte rota de la loza, esperando que se le clavase y le impidiera hablar, mientras él sacudía las piernas con fuerza. Aguanté las patadas, sumergí su cara en el agua y descargué agua una y otra vez, recordando que en épocas antiguas la inmersión era una de las mejores formas de acabar con los brujos. Mientras se convulsionaba, ahogándose, saqué la daga Matamuertos y se la clavé en la nuca, bajo el cráneo, con la hoja hacia arriba para convertir su cerebro en puré gris. Estaba débil, desconcentrado, así que no pudo hacer mucho por evitarlo. Un relámpago blanco recorrió la hoja y absorbí parte del poder del mago. En principio fue algo positivo, que calmó el dolor de mi cadera y me hizo sentir fuerte, pero pronto se convirtió en una energía difícil de contener, como si llenase un globo con demasiado aire. Espectros azules danzaban ante mis ojos, girando en el habitáculo mientras gritaban y aullaban, tal vez liberados al morir el hechicero de castigos que yo no podía imaginar.
Por fin el tipo dejó de moverse, aunque le mantuve bajo el agua unos minutos más, y después salí corriendo hacia las pistas de despegue. Me sentía a punto de explotar por la energía absorbida, mi carrera era más rápida que nunca y mis músculos, pistones de alguna máquina inmensa, poderosa. Llegué a las pistas por una de las puertas de servicio sin que nadie intentase pararme y me detuve al ver el avión de mi cliente despegando ya. Concentré mi mirada en el avión, sintiendo como si alguien me metiese un tubo de aire comprimido por cada oreja y me inflase la cabeza. Mis ojos ardían, como si creciesen, y vi el avión en cada detalle, igual que a través de un zoom.
En el ala derecha, una pequeña criatura del tamaño de un perro se movía hacia uno de los motores. Era un ser antropomorfo, de piel coriacea y verdosa, con una cola casi tan larga como el cuerpo. Sus manos y pies estaban dotados de garras negras, largas, con las que se aferraba al fuselaje. Sus labios gruesos vibraban por la fuerte corriente de aire, dejando al descubierto una dentadura de colmillos negros y pútridos.
La energía mágica me abandonó repentinamente, malgastada por mi torpe manejo. Caí de rodillas, agotado, y me senté en el suelo para recuperar el aliento. Mientras, mandé un whatsapp al teléfono de Arturo Lima, esperando que no fuese tarde.
“Hay un gremlin en el ala derecha. Invocado por el mago, pero a ese ya le he dado lo suyo. Esos bichos rompen máquinas. Usa la pluma, pero ten cuidado. Buen viaje”
Traté de enfocar mi vista, pero el gremlin era tan sólo un punto negro sobre el blanco ala que... que de repente explotó, dejando un manchurrón verdoso en el fuselaje. El avión se inclinó levemente a la derecha para recuperar la estabilidad un par de segundos después. Sonreí y encendí un cigarrillo. A Arturo Lima le iría bien.
Por mi parte, el caso estaba cerrado.





11 comentarios:

  1. Me encanta. Silencio nunca decepciona.

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  2. Silencio es afortunado por sus lectores y amigos. Ya lo fue con Fantasía Austral y su suerte permanece intacta ;)

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  3. Fantástico!!! Creí que no lo contaba el pobre Silencio. Por cierto, cobra poquísimo para lo que hace. Al menos, deberías añadirle un cero, jajajaja...
    Publícalo si puedes. Es muy bueno.
    Gracias por compartir.
    Un abrazo muy fuerte.

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  4. Me gustó volver a leer a Silencio, ya lo andaba extrañando.

    Un beso.

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    1. Sigo trabajando en su nueva novela,cuento contigo para que la leas. Un abrazo.

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  5. Además de Alma, otra amiga mía leyó el relato y te traslado sus palabras:

    Maria Fiorella Borrini

    "Ho letto tutto.
    E' molto bravo questo scrittore sa tenere in sospeso creando atmosfera che sembra di vedere un film.
    Ciao grazie! Buonanotte amico."

    Y eso que no le has puesto un traductor al blog, jaaajajajaj...

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    1. Ahora sí hay traductor disponible, jeje. Lo que ya no sé es qué calidad tendrá. Agradece por favor a María Fiorella su opinión y el tiempo invertido en leerme. Procuraré no decepcionaros en próximos trabajos.

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  6. Muy interesante, este detective que ya tenía nombre, pero que no se parece en nada al de Algernon Blackwood. Este, aparte de las odiosas comparaciones, es moderno y tiene pensamientos de hoy y usa medios de hoy en día.
    Gracias por compartir y gracias Ricardo Corazón de León por compartir lo que te gusta.
    Saludos.

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    1. Sin duda, Blackwood es un escritor de su tiempo y Silence un tipo mucho más elegante, calmado y sabio que mi detective. Hay grandes relatos de detectives preternaturales en su época y es un grato desafío tratar de actualizarlos. Gracias por leer y comentar.

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  7. Silencio nunca decepciona. Si no fuera porque nuestro amigo no puede morir (así, como los humanos normales) me habría preocupado ;) Un abrazo, enano.

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    1. Querida Mayte, bien sabes que no es inmortal. A lo mejor, algún día tengo que describir su muerte... pero no parece que lo deseéis por ahora, así que sigo trabajando en su siguiente novela ;)

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Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

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