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viernes, 10 de abril de 2015

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES 27





27
Extramuros
Sebastián avanza arrastrándose sobre las rocas, apenas capaz de respirar. Aunque la magia de su llave le permite hacerlo bajo el agua o entre el humo que casi llena la cueva, su garganta lacerada por el licántropo está hinchada, y un dolor profundo, hijo de la desesperación, late en pulsaciones abatidas pero firmes al ritmo frenético de su corazón. No oye respirar a su padre. Eso es lo único que importa, más allá de las heridas y el miedo. Porque para cualquier hombre hay momentos que le definen, de una forma o de otra, llevándole por un camino que no tiene retroceso, y enfrentarse a la muerte de un padre es uno de ellos.

Dicen que la infancia acaba cuando sabes que tienes que morir, y puede ser cierto. También puede ser cierto que para la mayoría de los niños, si disfrutan la suerte de la normalidad, su padre es el primer y mayor héroe. Tal vez eso deja de ocurrir con el tiempo, cuando llega el terrible día en que el niño descubre que su padre no lo sabe todo, no es el más fuerte, no es el mejor en algo. Pero para los Deza es diferente, porque sus mayores sí tienen algo de héroes, algo de magos y algo de sabios. La muerte de uno de ellos es tan difícil de asumir como el fin de cualquier milagro.

Sebastián llega junto al cuerpo quieto, y su olfato se llena de olor a carne abrasada, el tacto de la piedra caliente contrastando con el aire frío que entra por la boca de la cueva, como si el pestañeo del cíclope inmenso generase un viento capaz de avivar las brasas. El cadáver del licántropo se consume sin llama, rescoldos brillantes en los huesos descubiertos, carne que se asa lentamente, y el chisporroteo apenas deja escuchar otro sonido, más leve, casi una sugerencia, que brota del pecho de Anselmo.
Sebastián pega su oído a ese pecho que le ha refugiado en mil noches como esa, cuando aprendía del campo, de las ovejas y de la maravilla que el mundo ofrece. Se mueve. Lento, pesado, pero se mueve.
La mano derecha sigue aferrada a la llave, la izquierda tiembla en el aire cargado, ambas cubiertas de ampollas y zonas ennegrecidas. Toda la piel que Sebastián puede ver es ampolla y herida, y sabe que su padre morirá por las quemaduras. Corre hasta la boca de la cueva, tropezando y cayendo de rodillas ante el ojo de la luna que le contempla desde un cielo sin respuestas, y grita, grita de rabia y de dolor, un grito más desgarrado que el aullido del lobo.
Pero no se resigna. No dejará que su padre muera así, aunque tampoco sabe cómo evitarlo. Vuelve junto al cuerpo, murmurando palabras que tratan de ser consoladoras, pese a que los sollozos le ahogan. Coge a su padre por las axilas y le arrastra hasta el exterior, y un jadeo rompe su garganta cuando ve la gravedad de las quemaduras a la luz de la luna. No importa, tiene que llevarle a un lugar donde puedan atenderle.
Carga a Anselmo sobre sus hombros, aferrándose a la esperanza de que Mercedes y los demás hayan llegado ya con el carro. En las horas que ellos invirtieron en seguir el rastro del lobo, su familia habrá recorrido el camino y podrán ayudarle. Se convence de ello mientras desciende la ladera, paso a paso, resollando y tropezando, y es la convicción irracional de quien lo ha perdido todo, pero aún así se aferra a ella. Trata de seguir el riachuelo, buscando el descenso más rápido y fácil, pero su agotamiento es inmenso, la adrenalina que le mantenía en pie se gasta y las fuerzas se acaban. Cae de rodillas, se levanta, se arrastra y vuelve a andar hasta que cae de nuevo. Una vez y otra, recoge a su padre, que jadea con cada golpe, que todavía respira, y vuelve a cargar con él, vuelve a caminar un poco más.  
Ha descendido ya la mitad del camino cuando mete el pie en un profundo charco de barro, el tobillo se tuerce dolorosamente y se vence hacia delante sin encontrar asidero posible. Anselmo cae en el barro, rodando hasta quedar boca arriba un par de metros más adelante. Sebastián toma aire y se arrastra hacia él, acariciando el rostro quieto.
El barro ha manchado la cara de Anselmo, más fresca al tacto ahora. El cuerpo exhala tanto calor que seca y resquebraja el barro, pero Sebastián sigue acariciando la cara de su padre, tratando de devolverle la conciencia. Las ampollas revientan, piel muerta que se arrastra bajo las palmas de Sebastián, y las grietas y hoyos de la piel parecen alisarse al llenarse de barro. El vapor surgido de esa piel hace que Sebastián vea una mínima esperanza, una locura imposible. No le queda más que eso.
Aprieta los dientes con fuerza, sacudido por el dolor de mil recuerdos antiguos, días tranquilos en que su padre era joven y fuerte, un maestro que le enseñaba todo lo necesario para ser un hombre. Cada uno de esos pequeños detalles es un aguijón de pérdida, un abismo cruzado de la mano fuerte que siempre le sostuvo, y que ahora amenaza con tragarle para siempre. Sebastián deja de pensar, sólo le grita a la luna, a la oscuridad y a la muerte como si pudiera asustarlas, alejarlas de él por pura rabia.
Coge un puñado de lodo y lo extiende por el cuello de su padre, jadeando, sacudiendo la cabeza para tratar de rechazar las lágrimas. El cuello se contrae en un jadeo ronco y Sebastián sonríe, llora y jadea al ver cómo la piel parece abrirse en grietas negras que absorben el barro, que se cierran en torno a él y lo integran en una piel nueva.
Con todo el cuidado posible quita los restos de ropa que aún cubren a Anselmo, llevándose jirones de piel que han quedado pegados, y empieza a cubrirle de barro fresco.
Es una locura, pero cualquier pensamiento racional ha abandonado a Sebastián, que sólo atiende a la estúpida esperanza, a la presencia de la magia, que sólo es ahora un niño asustado, rodeado de oscuridad y muerte, sólo manos temblorosas buscando algo a lo que aferrarse.  
-Tengo frío –murmura Anselmo.
-Lo sé, padre –Sebastián sonríe–, pero el barro te aliviará las quemaduras. No te rindas.
La luna observa, curiosa, mientras Sebastián sigue cubriendo de limo fresco cada centímetro de piel. La carne seca parece absorberlo, ansiosa, buscando consuelo para el calor que la consume. Un rayo de luna se refleja en la pulida superficie de la llave de madera, y Sebastián ve cómo brilla de repente, iluminada desde dentro por su propio poder. Poco a poco, el barro resbala sobre la piel, dentro de la piel, fundiéndose con ella y haciéndose carne, licuándose en sangre que inunda las venas abrasadas. Un leve vapor emana del cuerpo, calor de cerámica horneándose, y Sebastián no puede más que llorar y reír de alegría cuando ve cómo el limo trepa por sí mismo desde la mano izquierda de Anselmo, distribuyéndose para regenerar la carne herida, una serpiente viva de materia atraída por la magia de la llave, invocada por la desesperación de Sebastián. La mágica llave vibra y brilla, como una risa contenida vibraría en la garganta de un niño, y es una onda que parece venir del pecho de Anselmo y a la vez de muy lejos, como un diapasón que recoge la fuerza de quién sabe qué fuente mística.
Sebastián grita “Vamos, vamos, vamos” entre risas de garganta rota, tosiendo y escupiendo sangre con cada sílaba, sin saber si su rugido invoca a esa fuerza lejana o despierta y anima la magia que tiene a pocos centímetros, sin que le importe, pero sintiendo la comunicación entre su padre y algo tan grande como el universo.

El sol asoma por el horizonte, permitiéndole ver la fuerza de la maravilla, y la luna, que no parece querer perdérselo, cuelga entre dos nubes durante unos minutos más, los suficientes como para que Anselmo tome aire con fuerza, hinchando un pecho ya nuevo, y ría. Que ría como un recién nacido que sabe que la vida espera, acompañado de Sebastián, saludando ambos al amanecer con una carcajada fresca como las amapolas recién abiertas. 

ENTREVISTA EN "LA SONRISA DEL DURMIENTE"
EL CAPÍTULO 28 TE ESPERA


6 comentarios:

  1. La negación de Sebastián ante la muerte del héroe, padre, maestro… hace que se me ponga la carne de gallina y me apetezca salir con él de la cueva para unirme a su grito, ¡gritaría al cíclope que un Deza no debe morir!

    "la convicción irracional de quien lo ha perdido todo, pero aún así se aferra a ella”… como siempre, avivando nuestra capacidad de reflexión, como las llamas que consumidores la carne de Anselmo, ¡bravo compi!, la convicción es arma más poderosa aún que la llave, y en esta familia parece que sobra aún siendo algo irracional.

    ¡CARAJO! Una semana que me quedo con buen sabor de boca porque, ya sea la magia de la llave o esa otra de la que hablábamos… ¡¡¡ANSELMO VIVE!!! Sigo esperando una semana más ;-) Enhorabuena!

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    1. Cierto, la idea de que un Deza muera me resulta incómoda... pero también, como habéis visto, son vulnerables. Y vienen tiempos muy difíciles para ellos. Veremos hasta qué punto la magia es fuerte. Un abrazo.

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  2. Has conseguido que por un momento ocupara el lugar de Sebastián y sintiese la desquiciada esperanza de burlar a la Parca. Anselmo tiene la cara de mis muertos adorados y éso habla del nivel de tus letras. Gracias, como siempre.

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    1. A ti, me alegra mucho conseguir que sintáis cosas, aunque sin duda el mérito va a medias. Un juego de telepatía compartida que agradezco cada semana y se parece algo a la magia, no?
      Un abrazo.

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  3. Un capítulo con una fuerza difícil de conseguir. Cualquiera podría sentir como Sebastián. Me ha encantado el uso del barro, la tierra, lo eterno... para alejar a la muerte. Me ha encantado!

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    1. Muchas gracias, Mayte. Sí que costó un poco, pero de momento les ha salido bien... aunque ya sabes, la muerte nunca se aleja demasiado.
      Un abrazo.

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Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

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