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viernes, 27 de marzo de 2015

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. 25






25
Extramuros

La luna llena ha apartado todas las nubes para asomarse sin obstáculos a la escena. Los Deza intercambian una mirada pesada de miedos al llegar a la zona llana ante la cueva. Ocultos entre las rocas, oliendo el aroma denso de la bestia, o tal vez imaginando que lo huelen, preparan sus armas. Parte de los perdigones que llenan sus cartuchos son de plata pura, municiones que deberían detener al hombre lobo, si es que la descripción del pastor es algo más que una locura, una estupidez fruto de la ignorancia. Plata y plomo, miedo y esperanza.
Jamás se han enfrentado a un licántropo, ni los conocen más que por los viejos diarios de sus antecesores. Lo que Anselmo y Sebastián saben de estas criaturas son cuentos que se narran en las noches tranquilas, cerca de la chimenea. Pero son también crónicas ciertas, leídas en esos diarios antiguos, que los abuelos de sus abuelos escribieron como advertencia para el porvenir, sabedores de que la magia sonríe en ocasiones con colmillos afilados.


La boca de la cueva está despejada, apartados por alguna mano o garra los matorrales que debieron cubrirla apenas unos días antes. Los Deza pueden ver que sus hojas aún no están secas, aunque las raíces desgajadas han perdido la batalla por afianzarse al suelo y las plantas mueren lentamente.
Anselmo se echa la escopeta al hombro y apunta a la oscura entrada, mientras su hijo abandona la protección de las piedras y avanza, agazapado, tratando de mantenerse fuera de la línea de fuego. Difícil conseguirlo, porque si Anselmo dispara el cono de perdigones se abrirá en un abanico creciente, y la mejor opción de Sebastián será lanzarse al suelo, pegarse a él. Pero no hay motivos para disparar, no hay más que silencio.
Sebastián se detiene a unos pasos de la entrada de la cueva. Espera que el lobo no haya podido olerles, que el leve viento les favorezca. Coge un puñado de tierra y lo deja caer, observando la dirección. Lo han hecho varias veces durante su avance, y parece que lo han hecho bien. Se coloca en posición de disparo, el cañón apuntando hacia el lóbrego interior, mientras su padre llega hasta él. Anselmo lleva una linterna sorda, cerrada por ahora, conformándose con la luz del cíclope que observa desde el cielo. Ambos tragan saliva, una saliva espesada por el miedo, casi un engrudo, y avanzan poco a poco, llegando juntos al umbral.
Huele a carne y sudor, un olor intenso y salvaje que parece formar un muro, una esencia de solidez primaria, fundamental, que niega la bienvenida al hombre civilizado, al aceite que engrasa armas y al metal que las conforma. Lo que hay dentro es ajeno al hombre, es algo tan perteneciente a la maravilla como la misma magia. Algo que tiene todo el derecho a sobrevivir sin ser contaminado por artefactos, máquinas o herramientas, cuya naturaleza rechaza la necedad civilizada de linternas y escopetas, que nunca ha necesitado más que luna y sol, garra y colmillo, para ser él mismo, para ser lo que esa naturaleza dicta. Quizá ese sea un privilegio inaccesible al hombre, que necesita transformarse mediante herramientas, adaptar el entorno al que no puede adaptarse, investigar la naturaleza de lo que le rodea, siendo siempre incapaz de formar parte de ella, del total de las cosas. Sebastián piensa en ello durante el flexible segundo que tarda en cruzar el umbral de la cueva. El hombre es una isla hostil tratando de secar todo cuanto le rodea.

La voluntad que sujeta al lobo parece relajarse, soltar un poco de cuerda, permitiendo que la criatura reaccione y se mueva. La mente del animal percibe a esos otros animales, invasores rodeados de aromas mortales y extraños. Están en su nueva casa, entran en su territorio dispuestos a invadirlo. La misma ofensa que los humanos piensan que el lobo ha cometido contra ellos. El lobo tal vez capta, en su forma primitiva, la ironía de la situación. Pero es un lobo, y no un filósofo. Hay un territorio que él necesita, que esas otras criaturas necesitan, y pertenecerá al más fuerte. Un gruñido sordo surge de su pecho, amenaza, aviso y reto al mismo tiempo. Huele el miedo de los invasores, y la voluntad ajena por fin le libera. Es hora de responder a la amenaza. Es su naturaleza.

Sebastián suda bajo la rígida chaqueta de cuero, preguntándose por un momento si la incómoda prenda, gemela a la que lleva su padre, será capaz de detener los colmillos del animal. Espera no tener que comprobarlo. Se detienen, rodilla en tierra, y Anselmo destapa la linterna sorda mientras él apunta hacia delante, relamiéndose para librarse de la sequedad que nace en el fondo de su garganta y parece entumecer sus labios. Tiene miedo, por supuesto que tiene miedo, porque las historias no pertenecen a los héroes, porque las leyendas sólo hablan de gente que hizo lo necesario, porque los valientes también tiemblan. Tiene miedo porque sabe de magia y maravilla, y conoce los peligros de enfrentarlas o de abusar de ellas. Tiene miedo porque todo es demasiado fácil, porque el claro rastro del lobo les ha llevado a la cueva en pocas horas, y el animal está allí, al fondo, una masa de pelo y músculo esculpida en un claroscuro tenebrista por la luz de la linterna, y no es natural que no haya intentado huir, que se haya quedado en la cueva, esperando.
Oye cómo Anselmo traga saliva y sonríe. Su padre también tiene miedo, y eso es bueno. El miedo compartido pesa menos cuando uno no se deja llevar por él, cuando lo usa, como la rígida prenda de cuero, a modo de protección y armadura, una carga pesada e incómoda pero útil si uno tiene la fuerza suficiente para llevarla, la determinación necesaria para seguir adelante.
El lobo gruñe, bronco, seco, caminando de lado a lado en el fondo de la cueva. El haz de luz se refleja en sus ojos, anillos de oro sobre las oscuras pupilas que, fijos en los hombres, parecen decirles “Aquí estamos, y así debe ser”. Sebastián percibe en él la misma determinación que ha llevado allí a los Deza y una parte del hombre, una parte que sólo entiende de fuerza, competitividad y ansia de vida, desea soltar la escopeta y luchar a brazo partido contra el enemigo, pese a las consecuencias, porque sólo enfrentándose a la bestia con sus propias armas puede el hombre conocer la medida de su propia fuerza.

Anselmo deja la linterna en el suelo, siempre enfocada hacia el fondo de la cueva, y apunta la escopeta hacia el lobo. Desvía su mirada un segundo, y percibe las sensaciones que invaden a Sebastián, su ansiedad y su entusiasmo. No tiene que ver con las llaves ni con la magia. Simplemente, es un padre, y ese vínculo puede superar a cualquier forma de hechicería. Hace un leve ruido chasqueando los labios, llamando la atención de Sebastián y haciendo que vuelva a la realidad. Asiente el otro y las dos escopetas encañonan al lobo.
Anselmo ve que a media distancia entre ellos y la bestia cuelga una especie de leve cortina de telarañas, capturando en hilos etéreos parte de la luz de la linterna. No tiene demasiado sentido, pero tampoco queda tiempo para pensar. Con un gruñido creciente, el lobo se lanza hacia delante, mostrando los colmillos. La lucha comienza.

Sebastián y Anselmo disparan al unísono, el olor a pólvora parece quemar el aire y el humo les ciega durante un instante. Los perdigones de plomo y plata forman conos de muerte creciente mientras buscan la carne del lobo que se acerca, pero parecen detenerse, puntos de luz que estalla, contra la cortina de telarañas que no son telarañas, y una constelación de estrellas nace y muere al encontrarse la barrera mágica, resquebrajando su superficie sin llegar a romperla. Sebastián dispara de nuevo, casi sin pausa entre ambas detonaciones, pero Anselmo tiene la sangre fría de guardar el segundo cartucho. El lobo llega a la barrera al mismo tiempo que los perdigones del segundo disparo, y la cruza de un salto, mojándose en ella, arrastrándola consigo al atravesarla como si fuese una catarata leve.
-¡Carga otra vez! –ordena Anselmo mientras dispara su segundo cartucho.
El lobo recibe el impacto a apenas cinco metros de la boca de la escopeta y su carrera se detiene, empujado por mil golpes diminutos. En un segundo está de nuevo en pie, y la luz se refleja aún en la extraña armadura de telarañas, cubierta ahora de leves líneas de plata, como si se resquebrajase lentamente.
Mientras los hombres se mueven, separándose de la densa nube que la pólvora ha creado, una ráfaga de aire preñado de hedor a grasa y pelo sucio penetra en la cueva a su espalda. Anselmo apenas tiene tiempo de volverse antes de recibir el golpe que le envía contra la pared. Sebastián mira hacia la entrada de la cueva. La luna ya está baja, como si el curioso cíclope se hubiese agachado para asomarse a la madriguera y no perderse el espectáculo de muerte. Su luz de hueso viejo recorta la figura de un hombre inmenso, el torso grande y fuerte como un viejo barril de vino. Un hombre, una bestia, una mezcla imposible de humano y lobo que parece haber surgido de los cuentos de sus abuelos. El hombre lobo lanza un aullido que reverbera en las paredes de la cueva y que parece terminar en carcajada, y los Deza comprenden que en esta cacería, quienes han mordido el cebo son ellos.

Intramuros

-¿Cómo es? –pregunta Menendo mientras llena de nuevo las dos copas de vino.
Fabián le mira, interrogante. Está algo borracho, pero la taberna es un lugar seguro, cercano al Palacio de los Espejos, y están rodeados de amigos. Puede permitirse el lujo.
-Tú naciste aquí –explica Menendo- y naciste teriántropo. Ya sabes, yo vine de fuera y soy muy… normal, supongo. Me pregunto cómo es tener eso dentro, nacer con la magia dentro.
Fabián encoge los poderosos hombros y bebe un largo sorbo. Nunca ha pensado demasiado en ello, y tampoco se considera bueno con las palabras, pero el vino es bueno, la compañía agradable y la pregunta interesante.
-Es bueno y malo. Es como el vino, a veces… -busca las palabras en otro trago, y sonríe un poco, ruborizándose levemente- a veces estás solo y triste, y bebes sin disfrutarlo, bebes a lo tonto, por olvidar que estás mal, y te pones peor. Y otras veces estás bien, alegre, y el vino sabe mejor y te pone más alegre. Cuando soy el lobo es así, me siento más como yo, como si fuera más que Fabián en todos los sentidos. No hay nada como correr por los tejados, acechar una presa o meterte en una buena pelea. Todo es más de verdad, comer o luchar o follar.  Hasta recibir golpes es mejor cuando eres lobo. Como si fuera todo más correcto.
Levanta la mirada y se encuentra con la de Menendo, serio. Fabián piensa que no ha sabido explicarse, que su compañero se burlará de él, y vacía la copa para esconder el rubor que se acentúa en su rostro. Cuando la baja, el joven está sonriendo y rellena las copas antes de hablar.
-Eres un poeta.

Extramuros

El lobo salta sobre Sebastián mientras él termina de introducir el segundo cartucho, y sesenta kilos de bestia le impulsan contra la pared de la cueva. Sujeta el arma con las dos manos, atravesándola para molestar el mordisco del lobo. Las uñas arañan el cuero que cubre su pecho, resbalando sobre él, y los dientes buscan sus manos. Entre jadeos y gruñidos, Sebastián trata de aguantar.
El hombre lobo camina hacia Anselmo, que se levanta apoyando su mano izquierda en las rocas. La bestia sonríe, mira la escopeta que ha caído a un par de metros del hombre y se relame con una lengua larga, brillante y recubierta de espesa baba. Anselmo sonríe también. Su mano derecha ha tirado del cordón de cuero crudo y ahora tiene la llave en el puño cerrado. Una leve vibración parece recorrerle y el teriántropo se detiene, percibiendo la magia como percibiría un olor conocido. La piel de Anselmo, su ropa, su cabello toman el gris de la piedra y copian su textura y dureza. Jadea como si de golpe se hubiese sumergido en agua helada al sentir cómo su cuerpo se transforma, sus miembros se convierten en algo duro y sólido, una copia poderosa y a la vez humilde de la materia que conforma las raíces de la tierra.
La piedra choca contra la carne, luchando ambos con puño, garra y diente, sin que sea posible determinar quién lleva ventaja.

Sebastián dobla la pierna izquierda, impulsándose con ella a duras penas para acercarse más a la pared, mientras con la derecha recogida bajo el cuerpo del lobo trata de contener su ataque. Tiene las manos cubiertas de pequeñas heridas causadas por los colmillos, pero el lobo no ha conseguido hacer presa en él. Apenas le quedan fuerzas, aunque sacude los brazos con desesperación, tratando de esquivar la inmensa cabeza, de golpear con la culata o el cañón. Uno de esos golpes acierta en el sensible hocico del animal, y Sebastián logra unos segundos de respiro que invierte en retroceder contra la pared, siempre con el lobo encima. Su espalda encuentra apoyo y empieza a levantarse, aunque el peso del animal y su continuo ataque lo convierten en un ejercicio casi imposible. Medio acuclillado, lanza un rodillazo que alcanza el vientre del lobo y le hace rodar al suelo. Sebastián tiene el tiempo de un pestañeo para ponerse en pie y ver las sombras que la linterna arroja sobre la pared. Sin comprender qué son esas dos figuras apenas humanas, grotescas, enzarzadas en una lucha sin cuartel, Sebastián salta hacia atrás para esquivar al lobo y abate el arma como una porra, alcanzando la cabeza de la criatura en pleno salto. No sabe si el crujido proviene de un hueso fracturado o de la culata resquebrajada, ni tiene tiempo para pensarlo. Gira la escopeta y dispara a bocajarro contra el lomo del animal. De nuevo estallan mil pequeñas luces, pero la armadura de telaraña se rompe como una fina capa de hielo, y algunos perdigones penetran en la piel, rompen el músculo y hacen brotar la sangre. El animal se pone en pie de nuevo, y Sebastián aprieta otra vez el gatillo. El cuerpo del lobo sale despedido hacia atrás, desmadejado, rodando por tierra hasta quedar por fin quieto.
Sebastián se centra entonces en las dos criaturas que luchan en el centro de la cueva. Jadea, recupera la respiración llenando sus pulmones de un aire ácido, saturado de pólvora que hace arder su garganta. Carga casi sin mirar, mientras el hombre lobo golpea a Anselmo con sus garras, dejando un rastro de lascas de piedra rota en su pecho y arrojándole al suelo. La bestia cierra sus manos sobre el cuello del hombre y empieza a girar sobre sí mismo, arrastrándole con él, haciendo que sus pies se separen del suelo. Sebastián levanta el arma pero no puede disparar, es demasiado fácil que los perdigones alcancen a su padre. Durante unos segundos, se pregunta si su piel de piedra soportaría los impactos.
De pronto, el lobo suelta a Anselmo, que sale despedido contra Sebastián. El joven no tiene tiempo de esquivarle, y el impacto le arrolla. Caen al suelo, perdida la escopeta, perdido el aliento y casi el sentido. Sebastián está aturdido, sus oídos taponados parecen escuchar unas campanas lejanas. Sangra y le arde el pecho, aunque apenas siente dolor, ni nada más allá de un entumecimiento oscuro y frío. Desmadejado, Anselmo yace a sus pies.
El fantasmagórico sonido de campanas cede a otro más real, despareciendo bajo el aullido de rabia y triunfo. Sebastián se levanta, cree que se levanta, sus piernas son tallos cimbreantes, mientras el hombre lobo, desechando la inerte figura de Anselmo, se acerca y cierra la garra derecha en torno a su cuello.
Durante unos segundos se miran a los ojos, el licántropo inclina levemente la cabeza, y con un esfuerzo que apenas tensa sus músculos alza en vilo a Sebastián. Él se aferra a la muñeca peluda, trata de ignorar el miedo, pero se ahoga, se ahoga sin remedio. Sus ojos quedan fijos en los ojos dorados de la bestia, y no hay nada en ellos más que ansia de sangre.
Un ruido de cristales rotos hace que ambos dirijan sus miradas a la entrada de la cueva, sorprendidos. Anselmo ha roto la linterna sorda y posa su mano izquierda en la llama viva, mientras la derecha se cierra en torno a la llave.
“No, padre” piensa Sebastián, incapaz de articular palabra. Su boca está llena de burbujas de sangre que estallan, robando el poco aire que le queda, y sus extremidades se debilitan, ya sin fuerzas.
Las llamas se extienden por los dedos de Anselmo, recorriendo su antebrazo lentamente, y la piedra parece agrietarse, dejando paso a vetas de fuego. El rostro vuelve a ser humano, mostrando dientes prietos en una mueca de dolor titánico, hasta que las llamas le envuelven en un fogonazo que se apaga un instante después, mostrando un cuerpo que es magma vivo. La figura de fuego camina pesadamente hacia el licántropo, que suelta a Sebastián y mira a su alrededor, buscando una ruta de escape. Pero sólo hay una entrada a la cueva, y la bestia se encuentra encerrada en la misma trampa que diseñó para los Deza.
Corre pegada a la pared, saltando con todas sus fuerzas para esquivar a Anselmo, pero él se arroja contra la bestia, dejando un rastro de brasa y rescoldo que es su propia carne. Ambos caen al suelo, el hombre lobo tratando de arrastrarse hacia la salida, el hombre de magma tirando de él a puñados, a golpes torpes que arrancan pelo y carne con una fuerza impulsada por el dolor que le abrasa, y todo es grito, dolor, humo y hedor. Se revuelcan en una pelea que ha perdido toda nobleza, toda épica, una lucha en la que Anselmo se consume en el mismo fuego que usa como arma, una serie de agarrones y tirones desesperados que ningún poeta cantaría, hasta que la figura de fuego y magma logra colocarse encima, abrazar a la bestia y sepultarla. Mientras el cuerpo del hombre lobo arde y se consume entre gritos insoportables, Anselmo rueda a un lado y aferra con mano temblorosa la llave de madera que, incólume, permanece sobre su pecho, tan tibia y limpia como si el fuego fuese aire fresco. El cuerpo vuelve a ser carne, sólo un hombre, y deja escapar un jadeo que suena a último estertor.
Sebastián queda solo entre el humo, solo con el hedor a pelo sucio y cuerpo carbonizado. La cueva está oscura ahora, iluminada apenas por el viejo y blanco ojo del cíclope. Sebastián mira ese ojo de plata antigua, pero no hay respuestas en él, ni consuelo.
Solo.





  

2 comentarios:

  1. Me gusta mucho la introducción de este capítulo compi, por primera vez veo a los Deza vulnerables. Me gusta esa sensación de que llega el día en que hay que poner la teoría en práctica, el momento en que aquello que sólo eran palabras cobra vida.
    Maravillosa la reflexión de Sebastián sobre lo primitivo y la evolución, curioso el concepto actual de “primitivo”, negativo, seguramente, por sentirnos incapaces de enfrentarnos al futuro sin la tecnología, tal y como dices.
    El miedo… aplaudo cómo me lo defines y si algo me has enseñado a lo largo de El rencor(…), es que si hay o hubo hombres y mujeres realmente capaces de gestionar el miedo a la perfección, han sido sin duda de los Deza.
    ¡Vaya!, parece que intramuros, Fabián responde a la definición que sin querer se hizo Sebastián … lobo o filósofo. ;-)
    Increíble la pelea, me esperaba que el lobo fuera el licántropo y ha sido una sorpresa la participación de la segunda criatura. ¡Bravo!
    Sigo a la espera de más LI-TE-RA-TU-RA ;-)

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    Respuestas
    1. Quería mostrar esa vulnerabilidad de los Deza, a fin de cuentas no son más que seres humanos. Con poder, con responsabilidad también, supongo... pero humanos.
      Veremos si son capaces de superar las consecuencias de esa responsabilidad. Gracias por comentar, un saludo.

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Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

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