.

.

sábado, 21 de febrero de 2015

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES, 22


https://www.youtube.com/watch?v=UmTx9y7ePTg









22
Intramuros

Se detiene para recuperar el aliento y mira a su alrededor, perdido. Los edificios son demasiado altos y están demasiado juntos, como si se inclinasen a medida que se elevan, tapando cualquier punto de referencia que pudiese permitirle orientarse. Busca la Cúpula inmensa, busca la Avenida principal, algún lugar en que la presencia de gente garantice su seguridad. Pero no ve más que viejas casas que parecen a punto de caerle encima, rindiéndose al peso del tiempo, recortando una franja de cielo nocturno tan liso y oscuro como la desesperación.

Menendo escucha un ruido, tal vez pasos apresurados en la calle cercana. Tal vez nada.
Sabe que fue un error separarse de Fabian, pero el licántropo quería regresar pronto a los cuarteles y él aún tenía ganas de visitar un par de tabernas. “Estaré bien”, se dijo, confiando en la tregua y en su buena suerte habitual.
Pero la suerte le volvió la cara, y en la tercera taberna que visitó se encontró con los soldados de Binah que habían iniciado la discusión en casa de Costas.
Una sombra alada cruzó sobre él, silenciosa y apenas percibida, adelantándole. Corrió en dirección opuesta, intentando recordar si alguno de los hombres de Binah tenía aspecto de teriántropo. No era la primera vez que derrotaba a un guerrero cuervo, pero el grupo de la taberna estaba compuesto por siete hombres. Demasiados hasta para un luchador afortunado.
Se sentía más perdido cuanto más avanzaba. Se alejaba de la parte civilizada de la Ciudad, sumergiéndose en barrios sucios, casas de piedra gris con las entradas protegidas por rejas oscuras y glifos de protección. Lugares donde la gente vivía con miedo. Un grupo de pilluelos se escondió al verle pasar. Un hombre sudoroso, con una espada en la mano y una cota de repiqueante malla. Para los habitantes de esos barrios pobres, conflictivos, él era la amenaza.
Giró al azar por varias calles, cada vez más oscuras, cada vez más estrechas, con el aire teñido de olores a basura, a restos orgánicos que igualmente podrían pertenecer a los desperdicios que tachonaban el asfalto o a cadáveres que se pudren en el olvido.
“Tengo que calmarme”, se ordenó con firmeza, “o mi propia imaginación me matará”.
Dobló la siguiente esquina, el oído atento, el corazón tocando un redoble, y se dio de cara con el primer soldado de Binah.
-Mierda –dijo sin poder evitarlo.
Tres soldados esperaban en la esquina, quizá acechando si habían oído sus pasos o el sonido de su cota. Tal vez pudiera con ellos, se dijo, pero un enfrentamiento sería una violación de la tregua, y los Verdugos no perdonarían tal cosa. Menendo saltó hacia atrás y regresó por donde había venido, perseguido por los vociferantes soldados.
-¡Aquí está! –gritaban.
El joven supo que esos gritos iban destinados a sus compañeros, que el resto del grupo no estaría lejos. Pronto le rodearían, le acorralarían y no tendría más remedio que luchar. Moriría a manos de los soldados enemigos o ejecutado por algún Verdugo, tanto daba.
Así que se detuvo, resbalando en un blando charco de grasa y basura, alzó la espada y trató de parecer digno en la última hora.
Los tres hombres se detuvieron también, formando un semicírculo tan amplio como permitía la estrecha calle, y sonrieron.
-Deberíamos pararnos a pensar, señores –dijo Menendo–. Una violación de la tregua no conviene a ninguno de nosotros y…
Una daga voló desde la mano del soldado de su derecha. Menendo saltó hacia atrás, esquivándola por muy poco. De hecho, llegó a rozar su cota de malla. Al saltar el guerrero pisó algo blando, aceitoso, y cayó al suelo, perdiendo su espada. Rodó rápidamente a un lado buscando el arma mientras los tres enemigos corrían hacia él dispuestos a rematarle.
La sombra alada aterrizó entre ellos como un deus ex machina, como el recurso de última hora de un mal escritor, como una salvación negra y blanca, una figura de poder y fuerza que iluminó la oscuridad. Menendo vio que la luz provenía de un globo, una pequeña esfera que flotaba medio metro por encima de la mujer, acompañando sus movimientos.
Reconoció a una de las Verdugos que había visto en la taberna de Costas. La que bebía sangre. Un vampiro, si no algo más.
Era alta, firme y terrible como un arma bien equilibrada, y su piel tenía algo de antiguo, algo de piedra y algo de terciopelo bajo la capa de plumas blancas y negras. Menendo no pudo distinguir si era una capa o si la mujer tenía alas, sólo vio cómo las plumas se extendían, las alas se abrían formando una barrera que ocultó a los enemigos de su vista.
-No durante mi guardia –dijo la mujer con una voz teñida de Voluntad.
Menendo se dio la vuelta para buscar su espada, perdiendo de vista la escena durante un par de segundos, tal vez tres. Un gruñido masculino, y cuando volvió a mirar uno de los soldados estaba cayendo al suelo. El cuerpo rebotó contra el asfalto y la cabeza se separó, con el cuello cercenado tan limpiamente que los párpados aún pestañearon un par de veces, como si el hombre estuviese pensando “vaya, me han matado”, antes de que la cabeza dejase de rodar. La mujer giró sobre sí misma, usando la capa para cegar a los otros soldados, y el brillo de las espadas reflejó la luz del globo. Con dos estocadas alejó a uno de ellos, mientras lanzaba una patada con su pierna izquierda que alcanzó al segundo en el pecho, arrojándole contra la pared.
Un nuevo giro y la espada salió de sus manos, rotando sobre sí misma, clavándose en el estómago del soldado. Sólo la punta atravesó el peto, y el hombre cogió la empuñadura para desclavarla. La Verdugo extendió su mano derecha despacio, y a pesar de los tres metros que la separaban del soldado herido pareció empujar la hoja cada vez más dentro del cuerpo. Menendo supuso que la mirada de terror que ambos soldados mostraban era la misma que había en su propio rostro, mientras la espada avanzaba centímetro a centímetro, atravesando carne y armadura pese a que el hombre trataba con todas sus  fuerzas de oponerse, de sacarla. El otro soldado corrió hasta su compañero, agarró la empuñadura y tiró con él.
El joven Menendo tuvo un intenso sentimiento de solidaridad. Aquellos dos, pese a que pretendían matarle, no eran más que soldados como él mismo. La diferencia era el lado de la trinchera en que les tocó, o eligieron, vivir. Sintió el mismo horror que ellos sentían, imaginando que el que estaba contra la pared era alguno de sus camaradas, alguno de los hombres que habían sangrado junto a él en la empalizada.
La vampiro no mostró clemencia ni titubeo alguno. Dio un paso al frente, el hermoso rostro paralizado en un gesto de concentración, y la espada se clavó un palmo más en el estómago del soldado. Agotadas sus fuerzas, el hombre dejó caer las manos y murió, sostenido por el arma que le clavaba a la pared, mientras su compañero trataba de extraerla.
La mujer siguió andando hasta colocarse a la espalda del soldado y sin mediar palabra, tiró de su pelo para obligarle a alzar la cabeza y clavó sus colmillos en el cuello del hombre. El ruido de succión llenó la silenciosa calle.
Horrorizado y fascinado, Menendo no pudo dejar de mirar. Ella abrió los ojos, reflejando una emoción que se parecía mucho al éxtasis sexual, un brillo intenso y palpitante que era pura vida, pura promesa. Menendo sintió parte de esa excitación, contagiado por el poder de la mirada del vampiro, y jadeó al ritmo cada vez más rápido del corazón que bombeaba, tratando de mover la sangre por el cuerpo agonizante, ignorando que cada bombeo alimentaba a la Verdugo y precipitaba la muerte del soldado.
Finalmente, la mujer separó sus labios del cuello y se pasó la lengua por ellos, recogiendo una gota que había resbalado por la comisura. El brillo de aquellos labios y la sensualidad de esa lengua acariciando la suave piel hizo que Menendo jadease e involuntariamente imitase el gesto, pasándose su propia lengua por sus labios secos.
El cuerpo del soldado cayó al suelo, rompiendo el hechizo.
-¿Estás bien, hombre de Espejo? –preguntó la mujer.
-Creo que sí… sí, no estoy herido.
Ella recogió su espada, haciendo que el cadáver clavado a la pared cayese sobre su compañero, y se dirigió a él, ofreciéndole su mano para ayudarle a levantarse. Menendo aceptó la ayuda, aún más excitado al ponerse en pie y quedar tan cerca de ella, tan cerca de su olor a terciopelo, a sangre y sudor, a mujer y vida. Sus manos se separaron lentamente, mucho más lentamente de lo necesario.
-Respetaste la tregua –dijo ella– y por eso estás vivo. Lo entiendes.
No era una pregunta. No requería respuesta. Pero Menendo asintió.
-El globo te acompañará hasta la torre de embarque más cercana –dijo la mujer– y podrás tomar un dirigible que te lleve a casa.
El globo de luz descendió hasta casi posarse en el hombro derecho de Menendo y él sintió una tibieza que tenía algo de amigable y algo de íntimo, como la caricia de una amante. Se preguntó si aquello era una extensión de las sensaciones de la vampiro.
-¿Volveré a verte? –preguntó con la insegura valentía de un adolescente estúpido.
Ella se alejaba ya, limpiando la sangre de su hoja con un trapo. Se detuvo y miró por encima del hombro. Las plumas de su capa tremolaron un instante, como la piel erizada de un gato nervioso. Pero su voz era firme y controlada.
-Tal vez. Los caminos de la Ciudad son muchos y complicados –rió un poco–, aunque es seguro que lo harás si quebrantas las leyes.

Menendo piensa mucho en todo lo ocurrido mientras, precedido por el globo, camina hasta la torre de embarque. Las leyes son sagradas en esta parte de la Ciudad, donde la Cúpula gobierna todo y los Verdugos son muchos y fuertes.
Sin embargo, en otras partes el caos gobierna, y una muestra de ello es la libertad casi absoluta que reina en el distrito de Espejo. Hasta ahora, esa libertad les ha permitido oponerse a Binah y su dictatorial matriarcado, pero de nada le habría servido esta noche.
“Tiene que haber una forma de usar las leyes a nuestro favor”, se dice mientras el ascensor le lleva hasta la plataforma del dirigible nocturno.

En el vuelo de regreso a casa la idea toma forma como una inspiración, y Menendo sonríe. Sabe lo que va a hacer a continuación. 

UNA ENTREVISTA QUE ESPERO OS RESULTE INTERESANTE
Y POR SUPUESTO, EL CAPÍTULO 23

4 comentarios:

  1. "El felino roza con el lomo la mano que sobresale de la cama. El tacto frío contrasta con el sudor que corre por la frente del hombre dormido. Fiebre. Observa con deleite el estado del escritor y se encamina hacia la puerta de entrada. El Maestro Espejo recobra su forma humana y al cruzar el umbral sólo deja tras de sí el rastro azul hielo de su mirada. No es necesario usar la magia para proteger los secretos de la Ciudad porque el tiempo, el tabaco y el insomnio están cumpliendo a la perfección su funesta misión."
    Queda mucho mejor que decir "La gripe casi acaba contigo, hombre de letras" :P
    Me encantan las mujeres que reparten patadas sin titubeos, y lo sabes. Muy lograda la escena, José, por lo que casi te perdono el retraso. Un abrazo, loco lindo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajajaja, un comentario inquietante pero no muy alejado de la verdad. No sé si esta supergripe me permitirá acabar la historia, pero seguiré intentándolo.

      Eliminar
  2. Me gusta mucho la idea de conocer La Ciudad desde dentro y Menendo puede ser un guía excepcional.


    Si en verdad la providencial aparición de la verdugo fue un recurso literario, desde luego no ha sido de última hora, no improvisado, para nada un Deus ex machina, nada queda para la improvisación tar el muro y bajo tu pluma, de eso estoy segura.

    Me gustaría poder leerle la mente a Menendo pero no puedo imaginar qué es lo que planea, así que esperaré pacientemente a tu próxima entrega.

    Abrazucu Compi!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ciertamente, no hay lugar a la improvisación. Improvisar en la Ciudad no suele ser sano...
      En cuanto a las intenciones de Menendo... bueno, las pistas están en capítulos anteriores, aunque no os lo he puesto fácil.

      Eliminar

Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...