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viernes, 26 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. QUINCE.



https://www.youtube.com/watch?v=DnqTaR2qSlE






15
Extramuros

¿Qué es lo que hace, a ojos de los humanos, especiales los días en torno al fin de año?
Tal vez se trate de una simple cuestión de costumbre, algo proveniente de la educación recibida en toda cultura y sociedad, que hace al hombre tener presentes esas fechas como una oportunidad para cambiar lo que no le gusta en su vida, o celebrar lo que sí. Tal vez exista algo de cierto en la antigua magia que celebraba el nacimiento del Sol Invicto, situando en tales fechas el inicio de una resurrección cíclica y necesaria para la vida. Bajo muchos nombres y diferentes ritos, credos antiguos y religiones actuales han convertido esos días en el principio de todo. Desde la festividades en torno a la resurrección de Osiris hasta la conmemoración del nacimiento de Cristo sólo han cambiado los ritos, diseñados por quienes ostentan en cada momento el poder de decidir qué aspecto tienen los dioses. El hombre de a pie, la eterna masa desorientada, se limita a escuchar, asentir y celebrar lo que le ordenan celebrar, sintiendo el anclaje de seguridad en la tradición, ignorante de que su Dios tuvo antes otros nombres, otras ceremonias.
Hay mucho de comodidad en esos referentes claros, inamovibles. Navidad, fin de año, inicio de algo nuevo. Ciclos que conforman un guión preciso, un ceremonial que transmite seguridad, refugio, la excusa perfecta para que todo siga igual. Porque parece mejor idea no cambiar, no abrir la puerta al caos que pueda haber al otro lado.
La Navidad de 1918 fue, como lo son todas, un momento de tristeza y esperanza. Porque el mundo había cambiado, pero seguía habitado por una raza que prefiere la ignorancia y el inmovilismo.
Fue un momento de tristeza; millones de muertos por la guerra y la gripe española dejaron huecos en las mesas, en las iglesias, en las reuniones familiares. Esos huecos eran tumbas abiertas, fosas oscuras a las que nadie podía evitar mirar aún entre rezos, brindis y villancicos.

El hogar de los Deza tenía sus propios agujeros oscuros, sentía el peso de ese vacío en la ausencia de Agustín, muerto en los campos de batalla franceses. La atención y el cariño que todos prestaban a Mercedes y sus hijos no eran suficientes para ocultar del todo la pena reciente. Si acaso, la hacían más evidente.
La pandemia de gripe, empero, no había hecho mella en la familia ni en su entorno cercano. Aunque el padre Urbano insistía en que eran las oraciones y el amor de Dios lo que les había mantenido a salvo, muchos de los más ancianos y no pocos de los jóvenes hablaban entre susurros de los Deza, de la suerte milagrosa que acompañaba a esa familia y que parecía extenderse como un paraguas protector en torno a ellos. Se recordaban cuentos antiguos y leyendas de magia y brujería, se hablaba de curas casi milagrosas realizadas por las mujeres de la familia en tiempos de los abuelos de quienes ahora eran abuelos; de la suerte casi excesiva, casi milagrosa, que les acompañaba en los negocios; de la salud de hierro que toda la familia presentaba.
Se murmuraba con incertidumbre acerca de la muerte de Agustín, extraña en una familia cuyos miembros solían fallecer en la cama, a edades avanzadas. Algunas murmuraciones estaban teñidas de envidia, en otras sólo se filtraba la admiración y el agradecimiento. Pocos eran los que permanecían ajenos a tales rumores, aunque el más ofendido por ellos era Urbano, el tradicional y severo sacerdote a quien la fama de los Deza le parecía una competencia directa con su ministerio, que se ofendía cada vez que un lugareño acudía a Isidro o a Sebastián en busca de consejo, que se veía amenazado por la próxima creación de la escuela. Que veía, en fin, recortado su poder por la presencia de los Deza.

Sentado en la estancia que hacía las veces de biblioteca y despacho familiar, Sebastián leía La Vanguardia cuando su hermano Jacinto entró, llevando una bandeja con dos botellas de aguardiente y cinco vasos.
-¿Cómo sigue el mundo? –preguntó mientras la dejaba sobre la amplia mesa.
-Loco –dijo Sebastián–. Romanones ha dicho en París que su visita a Reims le ha impresionado. “Hubiera deseado que todos los españoles estuviesen  allí conmigo y así no hubiera quedado un solo germanófilo en mi país”, dice.
Su hermano sirvió dos aguardientes, sentándose junto a Sebastián. Bebieron despacio, en silencio, recordando al germanófilo Agustín que había muerto defendiendo aquellos ideales ahora tan depauperados a los ojos de Europa entera.
-Habla también de la Sociedad de Naciones –dijo Sebastián al cabo–. Parece que se lo están tomando en serio, lo de fundarla. Aunque cortarán el bacalao los ganadores de la guerra y el resto serán comparsas.
-Si evita otra guerra futura, que lo corten con mi bendición.
-Eso mismo viene a decir el enviado del Papa. Creo que Wilson se saldrá con la suya y fundará la Sociedad bajo sus condiciones.
Jacinto lió un par de cigarrillos y preguntó:
-¿Y los rusos?
Sebastián pasó a la página trece, leyendo rápidamente el texto bajo el titular “La situación en Rusia” para luego resumirlo a su hermano.
-Parece que Trotsky y Zinovief siguen subiendo el tono de los discursos. Y el ejército anda con ganas de dar guerra. Ejecutan comisarios por delitos económicos y las distintas facciones siguen enfrentadas. La Armada, sobre todo, parece dispuesta a amotinarse seriamente.
-No creo que Wilson y su Sociedad sirvan para nada.
La puerta se abrió, dando paso a Isidro, Anastasio y Pedro. Se sirvió una nueva ronda de aguardiente y los hombres la compartieron en un silencio cómodo, íntimo a la vez que compartido, uno de esos silencios que no necesita palabras.
Fue roto por Pedro unos minutos después.
-Ricardito ha tenido hoy una pelea en el pueblo.
-¿Cómo es eso? –preguntó Anastasio, su padre.
-Mercedes y mi mujer bajaron al pueblo con los críos para repartir el aguinaldo –explicó Pedro– y cantar los villancicos, como siempre. Esperanza se quedó rezagada, hablando con las hijas del Paco, el Meapilas.
Todos asintieron. Paco y su familia llevaban toda la vida cuidando la casa del párroco y la iglesia, viviendo más de limosna que de sueldo. Creyente hasta el fanatismo e ignorante como pocos, su servilismo hacia el padre Urbano era motivo de burlas entre los vecinos, y se rumoreaba que su mujer calentaba la cama del cura cuando a éste le venía en gana.
-El mayor de Paco se acercó y dijo a las niñas, de muy malos modos, que no hablasen con Esperanza, que su padre era un alemán comunista y los franceses habían hecho bien en matarle.
Sebastián cerró con fuerza los puños. Todos los presentes se tensaron, furiosos. Isidro alzó la mano para acallar las imprecaciones que brotaban ya de sus labios y pidió a Pedro que terminase su relato.
-Ricardo no andaba lejos, había ido a buscar a Esperanza para que no se separase del grupo, y oyó lo que el otro decía. Cuando vio llorar a su prima, no se lo pensó dos veces –Pedro no ocultó una cierta satisfacción– y le pegó un buen puñetazo al chaval.
-¿Y se pelearon?
-Más bien, Ricardo le dio una buena paliza. Él tiene el morro un poco hinchado, pero el otro acabó bastante peor. Las mujeres les separaron, claro, y el padre Urbano apareció también dando voces y llevándose a los del Meapilas como si fueran suyos.
-Que igual alguno lo es –dijo Sebastián, malicioso.
Anastasio propinó una suave colleja a su hijo.
-Sea o no sea, no es asunto nuestro. Si no le dolieron los cuernos al salir, menos ahora que le ayudan a vivir. ¿Qué hizo el cura?
-Pidió perdón a Mercedes, excusándose en la ignorancia del chaval. Dijo que hablaría con el Meapilas para que le castigase como era debido. Pero mi mujer me cuenta que lo hizo medio sonriendo, contento como cerdo en lodazal.
Anastasio asintió.
-No me extraña. Cualquier cosa que nos perjudique o nos haga quedar mal le viene bien. Ya sabéis que nunca nos ha tragado, y menos ahora que vamos a poner en marcha la escuela.
-No quiere más educación que la que él pueda dar en catequesis –opinó Jacinto.
-Falta les hace educación, si confunden a los alemanes con los comunistas –terció Isidro- pero el cura nos lo pondrá difícil.
-Nos lo han puesto difícil siempre –opinó Sebastián–. Algo habrá que hacer.
El silencio se volvió denso como la nube de humo que los cigarros habían formado, y cada uno de ellos dedicó unos minutos a pensar en las palabras de Sebastián. Finalmente, Isidro sirvió otra ronda de aguardiente mientras hablaba con una severidad que no admitía discusión.
-Dejaremos al cura con sus ostias, mientras la cosa no vaya a mayores. Hablaremos con Paco en cuanto le veamos en la taberna o en cualquier sitio con gente, para que se sepa que no vamos a consentir insultos ni burlas. Y eso será todo.
Asintieron, algunos más conformes que otros.
-Y ahora vamos a lo nuestro –dijo Isidro, descolgando de su cuello una llave de madera de ángulos rectos y limpios.
El resto de los presentes se levantó, sacando sus propias llaves.
-¿Llamamos a Fernando? –preguntó Jacinto.
Todos miraron a Sebastián. Como encargado de ese aspecto de la educación del niño, parecía lógico que él tuviese la última palabra.
-Malo no será que lo vea.

SIGUIENTE CAPÍTULO

1 comentario:


  1. La seguridad de la costumbre, la comodidad de seguir al rebaño… pocos son los que se han parado alguna vez a analizar el concepto de “Natividad”, que no el significado o el simbolismo, el más puro, directo y objetivo concepto. No me sorprende que Silencio se lo plantee o ni tan siquiera eso, está claro que Jonathan Silencio nunca fue parte del rebaño, ni vivo y ni muerto ;-)

    Me encanta asistir furtivamente a las reuniones familiares de los Deza. 1918… está claro que a estos los habrías encontrado fuera del rebaño aún si no fueran custodios de la magia de las llaves. Gracias por acercárnoslo. Fabulosa puesta en escena y descripciones, como siempre, impecables. ¿Cómo no aplaudir a Ricardo y cogerle manía al cura? El personaje del meapilas… ¡genial!

    Una lectura agradable que anima a continuar sin faltar a la cita. ENHORABUENA COMPI!

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Ya podéis comentar tranquilos, sin palabras ilegibles ni más trámites. No os cortéis, vuestras opiniones me vienen muy bien.

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